La cotidianidad de la violencia; la cárcel como
geometría enajenada.
“Lo terrible no es lo que imaginamos como tal: está siempre,
en lo más sencillo, en lo que tenemos más al alcance de la mano y en lo que
vivimos con mayor angustia y que viene a ser incomunicable por dos razones:
una, cierto pudor del sufrimiento para expresarse; otra, la inverosimilitud:
que no sabremos demostrar aquello que sea espantosamente cierto.
José Revueltas en Los
muros de agua
Por Héctor Cerezo
Contreras, preso de conciencia.
En el Prólogo que escribió José
Revueltas para la segunda edición de Los
muros de agua, nos dice que, las Islas Marías eran un poco más terribles
que como las describió en su novela. El problema para quien escribe, comenta
Revueltas, es que “la realidad” literalmente tomada no es siempre verosímil, o
peor, casi nunca es verosímil (Revueltas, 10) y esto es, porque “la realidad
siempre resulta un poco más fantástica que la literatura” (Revueltas, 10). En
las Islas Marías, Revueltas fue testigo y también parte de una realidad, que
tiempo después, al escribirla, resultó para los demás (ajenos a esa realidad)
inverosímil, poco creíble. ¡Cómo demostrar aquello que
es horriblemente o espantosamente cierto? ¡Cómo y de
qué manera explicarlo? La dificultad se expresa o se manifiesta cuando
descubrimos que, es en lo cotidiano donde se encuentra aquello que nos produce
horror, miedo, angustia, preocupación, locura…
La
cotidianidad se vuelve así, la llave para comprender el grado de enajenación y
cosificación de los hombres.
En este
texto voy a tratar de expresar una realidad que para muchos es inexistente o
cuando es conocida resulta poco creíble o inverosímil. La realidad a la que me
refiero es la de la cárcel de alta seguridad de
La cárcel,
desde su origen, también ha servido para quienes detentan el poder como una
cárcel política. Su propia existencia representa una amenaza para quienes son
considerados como adversarios políticos, religiosos o filosóficos, y no sólo
para los que delinquen por otros motivos.
Es muy
común escuchar decir que la cárcel es el reflejo de la sociedad, lo cual en
parte es cierto, pero más que un reflejo es la medida que nos deja ver el grado
de humanidad e inhumanidad a la que a llegado la sociedad.
La cárcel
es producto y forma parte de una realidad social basada en la desigualdad
económica y política. Una realidad opresiva, violenta. La cárcel se constituye
o es constituida como violencia en sí misma y como tal constituye también un
espacio violento que da lugar a relaciones violentas y a una existencia
violenta. Un lugar donde la cotidianidad se manifiesta, se da con base en la
violencia, a su vez que la violencia se expresa con toda su crudeza en lo
cotidiano. En esos días apáticos, rutinarios e inimaginativos.
En la cárcel, la cotidianidad se vuelve
el obstáculo, el enemigo a vencer del sujeto activo, pensante, para el sujeto
que es obligado a vivir bajo una cotidianidad que le es ajena, extraña, que lo
destruye sistemáticamente, que lo denigra a un sujeto acrítico,
robotizado, manipulable.
La cárcel
es un espacio físico, un tipo específico de arquitectura, construido por muros
y rejas, separado de la sociedad. Pero como toda construcción arquitectónica
tiene una función, una finalidad, la cárcel está hecha para cosificar y
enajenar en su máxima expresión a los hombres (convertirlos en números) y para
poder cumplir con tal función, su propia estructura tiene que ser enajenante.
La cárcel no está construida para ser apreciada estéticamente aunque se pueda
hacerlo, está construida para destruir físicamente y mentalmente a los hombres.
El espacio enajenado que es la cárcel no sólo limita la libertad física, del ir
y venir, del hacer y deshacer, también limita la libertad de pensamiento, la
libertad de soñar, de imaginar, de crear y de construir, de comunicar, incluso
la libertad de desarrollar los sentidos.
El espacio
es sumamente enajenante, las relaciones son enajenadas, la locura capitalista
en su máxima expresión: el yo mando, tu obedeces, el yo sé, tu no sabes, el yo
soy grande, tu eres chico, el yo soy persona, tu eres una cosa o en el mejor de
los casos u animal parlante (como los esclavos de la antigüedad). El preso vive
subsumido dentro de una cotidianidad de la cual es parte y a su vez alimento.
Una cotidianidad dada, impuesta, que se retroalimenta a sí misma. El preso
puede inconformarse, incluso rebelarse contra esa cotidianidad violenta, pero
no llega a superarla. No, mientras permanezca preso.
La
cotidianidad es rutina que se repite una y otra vez, es un horario inflexible;
un cuándo, cuánto, dónde y con quién o quiénes comer, dormir, bañarse, leer,
caminar, pensar, vivir. La principal violencia en esta cárcel no son los golpes
o la tortura física, la principal violencia es psicológica. Violencia
cotidiana, de día y de noche, siempre presente, siempre sensible. La
cotidianidad de la violencia en un espacio físico construido precisamente con
ese fin produce relaciones violentas casi de manera automática. La readaptación
es un mito, la cárcel no está construida para ello, tampoco es su finalidad, la
cárcel es para castigar y el pero castigo es tratar a los hombres como cosas.
Como entes sin voluntad propia, sin capacidad de ser ellos mismos. El preso es
sacado de una cotidianidad de violencia social para ser introducido a otra
cotidianidad violenta, socialmente muy reducida y por tanto más asfixiante y
opresiva.
La cárcel
animaliza a los hombres, degrada sus sentidos a nivel simiesco; la vista, el
oído, el tacto , el gusto, el olfato se ven reducidos
a una variedad infinitamente inferior de la que alguna vez experimentaron, la
inactividad de los sentidos instala al hombre en la penuria más extrema y “por
lo mismo a su vez afirma, la voraz y hambrienta posesión” (Revueltas, 10). Una
revista, un periódico, la televisión de
La
violencia es alimentada por el espacio enajenado, por la cotidianidad opresiva
y por las relaciones autodestructivas, deshumanizadoras de quienes están
dentro. El fin último de la cárcel es quitar o anular en el sujeto la capacidad
de pensar y actuar por sí mismo de una manera consiente y voluntaria. La
capacidad y posibilidad de ser. El hombre que se niega a sí mismo y que no se
reconoce como tal, como igual a los demás hombres. El anti-hombre,
la antítesis de lo humanos.
La ruptura
de la cotidianidad violenta, enajenada, es para el preso imposible, la mayoría
tarde o temprano se adapta, se conforma, se vuelve parte y soporte de esa misma
cotidianidad. Nadie se salva, los que resisten sólo logran aminorar y
retrasar su cosificación. Pero en ese resistir, en esa lucha diaria,
cotidiana (como cotidianidad que se afirma negando otra cotidianidad) está el secreto
para una vez en libertad, recuperar la humanidad, nuestra humanidad.
La cárcel
es una realidad espantosamente cierta, objetiva, pero desgraciadamente poco
creíble y poco cuestionada.
Es más
fácil y más cómodo negarse a ver o a saber de una realidad que nos cuestiona
como humanidad. Pero, aunque cerremos los ojos, no por ello deja de existir. La
cárcel como ese espacio opresivo, violento, enajenante, se mantiene como un
monumento viviente del grado de descomposición a la qué como humanidad hemos
llegado.
La Palma de Concreto
1º. de enero de 2003.