Misterio y jerarquía
Por Christian
Ferrer
TRES
Autocracia y hambre. Los dos irritadores del "malestar
social" en la modernidad. Ya no lo son, o al menos, no están activos en la
misma medida en que las imágenes de sufrimiento nos acostumbraron a pensarlos.
Distinto debe ser entonces el destino de la política libertaria en una
situación social signada por la permisividad en cuestiones de comportamiento,
por una notable capacidad estatal de recuperación de las invenciones
refractarias o por lo menos por una inagotable capacidad de "negociación"
con las mismas, y en la que las personas en el mejor de los casos están
desorientadas y en el peor dotadas de una percepción cínica de la vida social.
Para imaginar las formas de lucha
del próximo futuro sería preciso identificar no solamente al rumor del malestar
social en nuestros días, también habría que orientar la mirada hacia las
transformaciones existenciales del siglo. La última memoria de luchas sociales
transmitida a la actualidad ha sido la de las rebeliones juveniles de los años
'60, en especial sus facetas asociadas a las mutaciones subjetivas -el
"parricidio costumbrista"- y a la música electrónica urbana. Memoria
que casi en su totalidad es transmitida por el orden mediático y pasteurizada a
fin de volverla acoplable a las industrias del ocio. Es evidente que no es el
modelo del hambre el que informa a las actuales generaciones en occidente.
El malestar político, sin embargo,
para poder desplegarse sobre un terreno social no abonado ni trillado por la
imaginación hegemónico actual, necesita identificar nuevas formas de vivir:
contrapesos existenciales. Cada época contribuye a la historia de la disidencia
humana con un “contrapeso", individual o colectivo, que balancea el
despotismo y el sometimiento. El contrapeso "libertario" desplegó a
lo largo de su más que centenaria historia prácticas organizativas y
emocionales: invenciones sociales. Y así como los prehistóricos inventaron la
rueda y la agricultura, los griegos el concepto y el teatro, y los primeros
cristianos el ideal de hermandad, así también los anarquistas inventaron lo
suyo: el grupo de afinidad. "Invento" que ingresa en el rango
superior de las obras humanas, donde suele incluirse al juego, la fiesta y la
melodía.
La defensa anarquista de la
autonomía individual cuestionaba la tradición de la heteronomía
eclesiástica o estatal, pero el sustrato existencial que permitió su despliegue
no dependió de una idea o una técnica sino de su articulación con prácticas
sociales que necesariamente eran culturalmente preexistentes a las doctrinas
libertarías. Esas prácticas venían germinando en la larga historia de la
experiencia humana que antagonizó los usos
jerárquicos.
Para Marx
-como para quienes se han empapado de la tradición anarcosindicalista-, la
fábrica y el mundo imaginario del trabajo suponían un excelente cemento para
una nueva sociedad. Pero otro fue el sustrato existencial en el que se injertó
el grupo de afinidad anarquista. Ese espacio antropológico ya comenzaba a
germinar en el siglo XIX y los anarquistas fueron los primeros en percibir su
silenciosa expansión.
Antes de que la alianza
sindicato-anarquismo estuviera bien soldada (y ya desde que los primeros grupos
de simpatizantes de "la idea" se organizaron en el amplio círculo que
el compás de Bakunin trazó de España a
¿De dónde proviene el ideal de los
grupos de afinidad? Quizás de la tradición de los clubes revolucionarios
previos a
También, quizás, de los usos y
rituales masónicos, a los que Bakunin era afecto,
habiendo sido miembro de una sección italiana de la francmasonería. Piénsese, a
modo de ejemplo, en la importancia que tuvo la taberna (o pub)
en la constitución de la sociabilidad de clase a comienzos de la revolución
industrial, o el café público en la construcción de la opinión pública liberal
del siglo pasado, o -para las sufragistas- los salones que ampararon una nueva
figura social de la mujer hacia mediados del siglo pasado, o los grupos de
lectura entre los campesinos españoles a comienzos de este siglo, o bien y
actualmente, la practica de intercambiar "fanzines"
por adolescentes en edad aún escolar en plazas públicas o conciertos de rock.
De modo que las prácticas de afinidad no son la prerrogativa del "local
militante" sino la efusión posible de experiencias efectivas compartidas
por la colectividad.
La afinidad es el sustrato social
del anarquismo, pero un horizonte más amplio acoge al espacio antropológico que
le es favorable y desde siempre se lo llama “amistad". Variadas son
las líneas genealógicas que confluyen en el despliegue moderno de la amistad,
tal como la conocemos actualmente. Al ideal clásico de la philia griega habría que agregar el de la fraternidad
revolucionaria. Uno y otro insistieron en la igualdad posicional
de los amigos y en las acciones de "cuidado del otro". Durante el
siglo XX la amistad comenzó a trascender la relación interpersonal y devino una
práctica social que se desplaza sobre espacios afectivos, políticos y
económicos antes ocupados por la familia tradicional y oficia de amparo contra
la intemperie a la que el Estado o el capitalismo someten a la población.
La amistad supone ayuda mutua,
económica, psicológica, reanimadora, incluso asesorías, y -eventualmente-
política, convirtiéndose así en una suerte de tónico y en una red fundante de la sociabilidad actual. ¡Ay de quien no tiene
amigos! Carece entonces de una de las amarras que nos unen a la vida y nos
reconcilian con ella. A esta genealogía de prácticas amistosas, debe añadírsela
la amistad entre mujer y mujer, y entre hombre y mujer, a las que las
transformaciones culturales de este siglo sumadas al desvanecimiento del
"hogar" como espacio económico obligatorio, han propiciado como nunca
antes.
Cabe agregar a ellas la amistad
entre homosexuales y mujeres, antes sostenida en cierta clandestinidad y en
ciertos ghetos y hoy expuesta abiertamente. Quizás
también cabe agregar la amistad entre ex-parejas. Todas estas formas de la
amistad eran casi insignificantes en el siglo XIX o bien su radio de acción era
muy limitado. Mucho más que los viajes al espacio, Internet, el transplante de
órganos o la penicilina, son estos nuevos formatos de la amistad las grandes
innovaciones que hay que colocar a beneficio de inventario del siglo XX.
CUATRO
El anarquismo ha sido el "contrapeso histórico" al
dominio. Pero no ha sido el único: también la socialdemocracia, el populismo,
el marxismo, el feminismo e incluso el liberalismo reclaman ese puesto. Pero el
anarquismo se constituyó en la más descarnada de todas las autopsias políticas
modernas y en la más exigente de todas las propuestas superadoras del estado de
cosas en el siglo XIX. Justamente, por haber elegido un ángulo de observación
tan vertiginoso, también el anarquismo se convirtió -imperceptiblemente, al
comienzo, para sus propios padres fundadores- en un saber trágico.
Pues descubrir que la jerarquía es
constante histórica, peso ontológico y enraizamiento
psíquico tan imponentes conduce a la asunción de que su desafío suscita pánico,
tanto como renegar de un dios olímpico o abandonar para siempre jamás la casa
paterna. Los anarquistas son concientes de su propia desmesura conceptual y
política. Barruntan que su ideal ha nacido contranatura,
que podría haber abortado, que la imaginación colectiva podría no haberlo
necesitado.
Y el anarquismo, que ha pasado por
muchas fases lunares en su historia (las fases carbonaria, mesiánica,
insurreccional, anarcosindicalista, sectaria, sensentistalibertaria,
punk, ecologista) necesita hoy de un mito de la libertad que sea "revelatorio" del malestar social y que dote a buena
parte de la población de un impulso de rechazo, tal como el desafío blasfemo y desculpabilizador empujó a los ánarquistas
contra la iglesia, y el desafío antijerárquico a
negar el orden estatal.
Si continuará habiendo "milagro
de la, palabra", es decir, anarquismo, es porque él mismo puede devenir
contraseña para la esperanza colectiva y para luchas sociales liberadas del
lastre de modelos autoritarios. El misterio de la jerarquía cedería entonces su
opacidad a una revelación política.