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COMUNALISMO
LA DIMENSION
DEMOCRATICA
DEL ANARQUISMO
y
Seis Tesis Sobre Municipalismo
Libertario
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PRESENTACIÓN
Comunalismo y Autonomía Comunitaria
“..La tarea de los
revolucionarios no es “hacer” la revolución. Pues esta, solo es
posible, si
todo el pueblo participa en un gran proceso de experimentación
orientado a la
transformación radical tanto de la vida cotidiana como de su
conciencia… La
tarea de todo revolucionario, es pues, provocar y promover este proceso
social
de transformación radical..”
Murray Bookchin
En las últimas décadas, hemos visto germinar, importantes procesos de
lucha
social, encaminados a la instauración de poderes locales de corte
autogestivo,
al interior del ámbito de lo comunal; llegando a caracterizar profundos
estallidos políticos y revueltas sociales. Dejando tras de sí, a una
emergente
ciudadanía, deseosa de conquistar espacios propios de poder local,
ensayando
novedosas estrategias de organización y resistencia, basadas en una
identidad
de resistencia común y una fuerte caracterización de la participación
horizontal, lo cual les ha permitido escapar a las imposiciones
gubernamentales
y sus habituales formas de control político. En un interesante artículo
titulado “Rastreando lo político”, Benjamín Arditi caracteriza a estos
procesos
sociales de gran politicidad, de la siguiente manera:
“..Arropados por una creciente movilización social, que cuestiona
profundamente
las formas habituales de participación política, demandantes de un
respeto y
consideración a sus propias formulas organizativas y programáticas,
encontramos
la presencia social y política de un creciente número de nuevos actores
políticos y emergentes sujetos sociales; que persiguen el
establecimiento de un
orden social y político distinto, en pos de lograr auténticos
mecanismos de
representación social, dentro de un complejo entramado de arenas
políticas de
corte local y regional..”
Lo que hoy se entiende por “política”, no es más que una burda técnica
de
organización estatal. Pero esto el quehacer de “lo político”, jamás
podrá ser
arrebatado al pueblo; ya que no se agota en esta sucia función, sino
que se ve
potenciado en el ámbito local. Pues es justamente en medio del
conflicto entre
la comunidad & Estado, donde se pueden encontrar las señales para
una
reconstrucción de la política social. Una política nueva, que este
radicada en
los pueblos, los barrios, las regiones; en fin, la alternativa
practicable para
no caer en la lógica estatal representada por el parlamentarismo. En
dicho
nivel parlamentario, la igualdad es entendida, como una burda igualdad
de
derecho, es decir de mera igualdad formal ante la ley impuesta.
Igualdad
puramente teórica plenamente compatible con una jerarquización de la
sociedad.
Allí, la democracia, es puramente de carácter representativo. En donde,
el
“demos” popular, se constituye como un cuerpo político exclusivamente,
durante
el voto electoral. Dicha representación, manifiesta una delegación
total del
poder, a lo largo de todo el mandato del “ungido”. El voto es secreto,
en
consecuencia, la política no es visible. La escena política es pública
como
espectáculo, y oculta en su mayor parte como asunto de un grupo social
especializado, reclutado dentro de la burguesía; todo ello, sabiamente
defendido por la inmutables “razones de Estado”. Murray Bookchin,
filósofo
anarquista de origen húngaro, fundador de la Ecología Social, y quien
fuera una
de las voces más escuchadas del pensamiento crítico contemporáneo, en
un lúcido
artículo titulado: “Sociedad, política y Estado”, establece:
“..La burguesía se apropio del poder político. Cubrió la legitimidad
del demos,
sobre la que se apoyaba, con la figura del Estado nacional, garante de
lo
social y por tanto alejado del pueblo. La heteronomía se mantuvo
dejando
adheridos al imaginario Estatal, los restos de sacralidad de la antigua
monarquía.. El espacio social burgués, es pues un espacio construido
sobre la
diferenciación neta, la dualidad explícita de lo social y lo político.
La
instancia política así creada se autonomiza y conforma la única escena,
completamente incluida en el espacio de representación del Estado, en
la que el
conflicto social pueda aparecer y jugarse dentro y solo dentro de la
legalidad
establecida por el poder político..” ( ).
Pocas veces como en el presente, algunas palabras socialmente
importantes, han
sido tan confundidas y desvirtuadas de su significado histórico. Se
suele
olvidar con mucha frecuencia, que hasta hace dos siglos, la
“democracia”, era
igualmente despreciada por monárquicos y republicanos como una pedestre
“ley de
la multitud”. Mientras que hoy, desde el poder, es aclamada
exclusivamente en
su acepción “representativa”, como un vulgar “oxymoron”, que
hace
referencia directa, a poco más que una oligarquía republicana de unos
cuantos
elegidos, que tan ostensiblemente hablan, en nombre de las masas
desposeídas
( ).
Hoy los nuevos movimientos sociales, se han consolidado repensando
conceptos
tales como “sociedad”, “política” y “Estado”, adquiriendo una urgencia
programática en la medida de que estas novedosas revueltas, ponen gran
énfasis,
en la necesidad de la descentralización de las comunidades humanas de
un centro
rector, a partir de la gestación de una democracia de base y de un
equilibrio
viable entre la ciudad y el campo (temas que nos recuerdan por mucho,
las
acaloradas reflexiones de Proudhon y Kropotkin). Eduardo Colombo, en un
extraordinario artículo, titulado: “De la Polis y el espacio social
plebeyo”,
nos expone ciertos enclaves del sustento ideológico, de este nuevo
quehacer
político:
“..Una semilla que contiene la libertad fundada en la igualdad, podrá
germinar
nuevamente el día en que la democracia directa, despojada de la
fatídica ley de
las mayorías, encuentre un esquema de expresión, basado en la autonomía
colectiva del sujeto de la acción.. Esta fisura recorre
clandestinamente la
historia. Se vuelve visible con aquel viejo debate entre Bakunin y
Marx, a
través de la mismísima Primera Internacional y la Comuna de París de
1871.
Fueron enormes los esfuerzos de Marx por obstaculizarla, llevando a la
A.I.T.
(Asociación Internacional de los Trabajadores), al borde de su escisión
(primero en la Conferencia de Londres de 1871, luego en el Congreso
manipulado
de La Haya de 1872), la separación de lo político y de lo social, por
lo menos
hasta el buscado triunfo de la revolución social. Con base a una
resolución, la
cual establecía, que el proletariado no podría actuar como clase, sino
se
constituía primero, como un partido político; con lo cual, la conquista
del
poder político, se convertía entonces, en el principal deber del
proletariado.
Por su parte, el Congreso de Saint-Imier, corrigió esta burda falacia,
afirmando que la destrucción de todo poder político era el primer deber
del
proletariado. Pues el socialismo sin libertad era una burda dictadura,
y la
libertad sin socialismo, significaba continuar reproduciendo el vetusto
régimen
de explotación..” ( ).
El filósofo Cornelius Castoriadis, en su extraordinario artículo
“Naturaleza y
valor de la igualdad”, enfático nos aclara la situación:
“..Filosofía y política nacen juntas, en el mismo momento, suscitadas
por una
misma inclinación, la búsqueda de la autonomía individual y colectiva.
Cuando
digo filosofía, no me refiero ni a sistemas de pensamiento, ni a
libros, ni a
razonamientos escolásticos. Se trata primero y ante todo del legítimo
cuestionamiento, de la representación instituida del mundo, del
cuestionamiento
de los ídolos de la tribu, en el horizonte de una interrogación
ilimitada.
Cuando digo política, no hablo de elecciones municipales, ni
presidenciales; la
política en el verdadero sentido del término; es el cuestionamiento de
la
institución efectiva de la sociedad, es la actividad que trata de
encarar
lúcidamente, la institución social como tal..” ( ).
Siguiendo a Castoriadis, encontramos que la exigencia de la “igualdad”,
implica
también “igualdad” en nuestras responsabilidades sobre la formación de
una
“vida colectiva”. Dado que la exigencia de “igualdad”, sufriría una
perversión
radical, si se refiriera únicamente a derechos pasivos. Su sentido es
sobre
todo, el sentido de una actividad participativa con una responsabilidad
de
igual magnitud, basada en nuestra “doxa” en nuestro quehacer
político
comunitario, en nuestra responsabilidad para con la vida. Así, tenemos
que:
“..Si definimos como poder a la capacidad de una instancia cualquiera,
personal
o impersonal, de llevar a alguno o algunos, a hacer o no hacer, lo que
por sí
mismos hubieran o no hubieran hecho necesariamente. Es evidente que el
mayor
poder concebible es el de preformar a alguien de suerte que por si
mismo, haga lo
que se deseaba que hiciese, sin necesidad explícita de coerción (herrschaft)
o fuerza explícita para lograrlo. Así, la política es proyecto de
autonomía; es
decir, actividad colectiva reflexionada y lúcida, tendiente a la
convivencia
plena de la sociedad como tal. Para decirlo en otros términos,
concerniente a
todo lo que en la sociedad es participable y compatible. Pues esta
actividad,
auto-instituyente, aparece así como no reconociendo, de jure , ningún
límite..”
Así, Castoriadis nos expone, en otro lúcido ensayo titulado: “Poder,
política y
autonomía”; que la “autonomía”, surge como un germen “phoyetico”
de
praxis societal, que hace hincapié sobre las diversas representaciones
sociales
y su adecuado funcionamiento para la colectividad en su conjunto. Es un
momento
de creación, que inaugura no solo otro tipo de sociedad, sino también
otro tipo
de individuos:
“..La autonomía es pues proyección de futuro, situada sobre un plano a
la vez
ontológico y político; poniendo al día, la férrea disputa entre el
poder
instituyente frente al poder instituido y su explicación reflexiva, que
no
puede ser mas que parcial y en un sentido mas estricto la reabsorción
de lo
político como poder explícito, en la política, actividad lúdica y
deliberante
que tiene como objeto la institución explicita de la sociedad (así como
de todo
poder explícito) y su función como “nomos”, “diké”,“télos”,
-legislación, jurisdicción, gobierno- hacia fines comunes y obras
públicas que
la sociedad se haya propuesto deliberadamente.. La creación por los
griegos de
la política y la filosofía, es la primera aparición histórica del
proyecto de
autonomía colectiva e individual. Si queremos ser libres, debemos de
hacer
nuestro “nomos”. Si queremos ser libres, nadie debe poder decirnos, lo
que
debemos pensar..” ( )
Murray Bookchin por su parte, establece que dentro de la historia de
las ideas,
dicho planteamiento “autonomista”, se enmarca en una férrea disputa
entre el
“individualismo” & el “colectivismo”. El autor rastrea que la
categoría de
“autonomía”, como referencia a un “auto-gobierno”, estrictamente
personal,
encontró un antiguo apogeo en el imperial culto romano de las
“libertas”. Bajo
el reinado de los césares Julios y Claudios, el ciudadano romano gozaba
en gran
medida, de cierta autonomía para satisfacer su propios deseos y
apetencias sin
la reprobación de autoridad alguna, mientras no interfiriera con los
negocios y
necesidades del Estado. Por otro lado, en la tradición liberal mas
desarrollada
teóricamente por John Locke y Stuart Mill, la “autonomía” adquirió un
sentido
más amplio que se oponía a la excesiva autoridad del Estado. Durante el
siglo
XIX, hubo una materia en particular que capturó la atención de los
teóricos del
liberalismo clásico, ésta fue la economía política; la cual no
concebían
únicamente como el estudio de los bienes y servicios, sino ante todo
como un
sistema moral. De hecho el pensamiento liberal reducía generalmente lo
social a
lo económico. Así, la excesiva autoridad del Estado fue rechazada a
favor de
una presunta “autonomía económica”:
“..De hecho, la interpretación liberal de la autonomía supone realmente
arreglos totalmente definidos más allá del individuo notablemente, las
leyes
del mercado. Con la autonomía individual como polo opuesto, esta leyes
constituyen un sistema social organizativo en el que toda “colección de
individuos” se mantienen bajo la tutela de la famosa “mano invisible”
de la
competencia. Paradójicamente, las leyes del mercado se sobreponen al
ejercicio
de la ‘libre voluntad” de los mismos individuos soberanos, quienes
forman esa
“colección de individuos”. Ninguna sociedad constituida, puede existir
sin
instituciones; si una sociedad, en tanto “colección de individuos”, ni
más ni
menos, pudiera haber aparecido alguna vez, simplemente se hubiera
disuelto. Los
liberales se colgaron de la idea de un “mercado libre” y una “libre
competencia”, guiados por las “inexorables leyes” de la economía
política..”( ).
Alternativamente a esta noción de “autonomía”, en su
acepción
individualista; sobresale una renovada representación colectivista del
término.
Así, encontramos que la palabra inglesa “freedom”, comparte raíces
etimológicas
con el vocablo alemán “freiheit” o “libertad social”, que toma su punto
departida no del individuo sino de la comunidad. En la época de la
ilustración
y durante el siglo XIX, conforme el pensamiento social ilustrado y sus
sucedáneos instituyeron la idea de la variabilidad de las
instituciones, al
primer plano del pensamiento social, el individuo también resulto ser
afectado
por esta posibilidad. De esta manera, a lo largo del siglo XIX y en las
primeras décadas del siglo XX, los grandes teóricos socialistas,
elaboraron una
idea de libertad social mucho más compleja, contemplando al individuo,
como
algo concientemente imbricado en lo social. Para estos pensadores, la
vetusta
idea liberal de ver lo social, como una burda “colección de
individuos”,
resultaba ser una formulación descompuesta, para referirse a lo que era
una
sociedad; dado que ellos, consideraban, que la libertad individual
debía ser
compatible y congruente con la libertad social “freedom”, y de forma
muy
significativa, definieron a la libertad social como un concepto en
evolución y
unificador. Bookchin continúa:
“..Los teóricos socialistas formularon la pregunta fundamental sobre:
¿Qué
constituía a una sociedad racional?, una cuestión específicamente ética
en
tanto que abolía la centralidad de la economía en una sociedad libre.
Donde el
pensamiento liberal reducía generalmente lo social a lo económico, las
diferentes corrientes socialistas (aparte del marxismo) entre las que
Kropotkin
distinguía como “rama izquierda” al anarquismo, asimilaron lo económico
a lo
social..”( ).
Tanto la sociedad como el individuo eran conceptos históricos, en el
mejor
sentido del término; es decir, entidades auto generativas en permanente
cambio,
complejos procesos creativos, a través de los cuales, cada uno existía
dentro y
a través del otro. Esta historicidad, estuvo acompañada por nuevos
derechos y
deberes, cada vez más amplios. El lema de la Primera Internacional, era
el
enfático exhorto: “No más derechos sin obligaciones, ni mas
obligaciones sin
derechos”. Así pues, para los pensadores socialistas clásicos, concebir
al
individuo sin la sociedad resultaba tan absurdo, como pensar en la
sociedad sin
individuos. Buscaron la realización de ambos en estructuras asociativas
justas,
que abrigaran el más amplio grado de libertad de expresión en cada
aspecto de
la vida social. Bookchin concluye:
“..El individualismo, tal como es concebido por el liberalismo clásico,
descansa en una ficción. Para empezar, la misma presuposición de una
legalidad”
social , mantenida por la competencia del mercado, esta bastante lejos
de su
mito sobre el individuo totalmente soberano y “autónomo”. Con aún menos
presupuestos
para sostener sus ideas, la teóricamente endeble obra de Max Stirner
comparte
una disyunción similar: La disyunción ideológica entre el ego y la
sociedad. El
concepto central que revela esta distinción de hecho esta
contradicción, es la
cuestión de la democracia. Por democracia, desde luego, no me refiero
al
“gobierno representativo” en forma alguna, sino a la democracia
cara-a-cara. En
relación con sus orígenes en la democracia de la Atenas clásica, el
término
como lo uso yo es la idea de la gestión directa de la polis por la
ciudadanía
en asambleas populares, lo que no representa menospreciar el hecho que
la
democracia ateniense estaba fundada en el patriarcado, la esclavitud,
el
dominio de clase y la restricción de la ciudadanía a los varones
atenienses por
nacimiento. A lo que me refiero es a una tradición evolutiva de
estructuras
institucionales, no a un “modelo” social. La democracia definida de
forma
general, es la gestión directa de una sociedad a través de asambleas
cara-a-cara, donde las políticas son formuladas y decididas por la
ciudadanía
local y la administración es llevada a cabo por consejos delegados y
con
mandatos explícitos..”( ).
Siguiendo esta línea de exposición, Murray Bookchin, en otro
extraordinario
texto, titulado: “Comunalismo”, nos propone que la dimensión
democrática y
potencialmente practicable de la autodeterminación colectiva, puede ser
expresada a través del termino “comunalismo”; una palabra que, a
diferencia de
aquellas otras que alguna vez se refirieron inequívocamente a un cambio
social
radical, no ha sido históricamente devaluada. De esta manera, para
Bookchin, el
“comunalismo”, también llamado por el: “municipalismo libertario”;
representa
una perspectiva política comunitaria, que busca proveer una alternativa
de democracia
directa y confederada, frente a la hegemonía Estatal y a una sociedad
cada ve
más burocratizada y centralizada:
“..El municipalismo libertario o comunalismo, vendrá a ser, un punto de
partida
para lograr alcanzar una sociedad comunitarista, basada en la
solidaridad y el
apoyo mutuo. Un quehacer político, que buscará transformar lo que ahora
se
denomina como “electores” o “contribuyentes”, en ciudadanos activos; y
en
rehacer, lo que ahora son meros conglomerados humanos, hasta
convertirlos en
comunidades genuinamente relacionadas entre si, mediante
confederaciones,
capaces de hacer un contrapeso al Estado... El municipalismo
libertario, es una
perspectiva y una práctica política y social, en desarrollo; encaminada
a
recobrar y expandir la esfera pública, hasta ahora en declive, debido a
que el
Estado la ha absorbido y no en pocos casos, usurpado y eliminado..” ( ).
Para Bookchin, el “comunalismo” representara así, un proyecto
fundamentado
comunitariamente, que restablece la ética en la política para un bien
común.
Buscando transformar, la esfera de lo político, en el ejercicio mismo
de una
auténtica participación ciudadanía, rompiendo el circulo vicioso del
parlamentarismo, con su mistificación del sistema de partidos como
único medio
de representación de los intereses públicos. A este respecto, el
“municipalismo
libertario”, no sería una simple “estrategia política”; sino el mas
vigoroso
intento colectivo, por trabajar a partir de las posibilidades
democráticas
latentes, una configuración radicalmente nueva de la sociedad misma:
“..una
sociedad comunitaria orientada a la satisfacción de las necesidades
humanas y
que responda a los imperativos ecológicos, desarrollando una nueva
ética basada
en el compartir y la cooperación..”, expresa Bookchin. Todo ello
reclama, una
redefinición de la política, un retorno a su original significado
griego de la
palabra como gestión de la comunidad o de la polis mediante asambleas
con
participación directa de la gente, con el objeto de formular una
política
pública basada en una ética de la complementariedad y la solidaridad.
En esta
perspectiva, el “municipalismo libertario”, será democrático por
esencia y no
jerárquico en su estructura, representando una forma de finalidad
humana y no
una simple conjunción de estructuras o estrategias políticas, que no
puedan ser
adoptadas o descartadas para obtener el poder:
“..Cuando los medios y los fines se integren a una lógica comunal, la
palabra
democracia expresará entonces, el control popular directo de una
sociedad por
parte de sus propios ciudadanos; mediante la obtención y el
mantenimiento de
una verdadera democracia, a través de las asambleas municipales - al
contrario
de los sistemas de representación previstos por el estado, que se
arrogan el
derecho de los ciudadanos de formular las políticas que conciernen a
las
comunidades y regiones. Una política como la propuesta, habrá de
diferir
radicalmente de las estatuidas y del estado — un cuerpo profesional
compuesto
por burócratas, policías militares, legisladores y similares, que
existe como
aparato coercitivo, claramente separado de la población y sobre de
ella. La
aproximación del municipalismo libertario distingue la estatalidad —que
hoy
caracterizamos de manera exclusiva como “política” — de la política
como esta
se daba en las comunidades democráticas precapitalistas. El
municipalismo
libertario implica además una clara delimitación del ámbito de lo
social - a si
como del de lo político - al estricto significado del término social,
vale
decir, el lugar en el que vivimos nuestras vidas privadas y nos
atareamos en la
producción. En cuanto tal, el ámbito de lo social debe distinguirse del
campo
político y del estatal. El estado representa una formación
completamente ajena,
una espina en el costado del desarrollo humano, una entidad exógena que
incesantemente ha invadido los ámbitos de lo social y lo político.
Frecuentemente, de hecho, el Estado ha resultado un fin en si mismo,
como
testimonia tenemos el nacimiento de los imperios asiáticos, la antigua
Roma
imperial y los Estados totalitarios en tiempos modernos. Además ha
repetidamente invadido el espacio político que, no obstante todas sus
insuficiencias del pasado, ha constituido un impulso para las
comunidades, los
grupos sociales, y los individuos singulares.. Esta invasión no ha
tenido lugar
sin contrastes. De hecho el conflicto entre el estado por una parte y
los
ámbitos político y social por el otro, ha sido una guerra civil
subterránea,
continuada por centenares de años.. En tiempos modernos, registramos,
el enorme
conflicto entre las ciudades castellanas (comuneros) contra la
monarquía
española hacia 1520; en la lucha de las secciones parisinas contra la
Convención Jacobina centralista en 1793 y en innumerables otros
episodios..”( )
La democracia directa, cara-a-cara, franca y de base, irremisiblemente,
emana
de un ser comunalista, que expanda nuestras ideas mas allá de la
libertad
negativa y arribe a una libertad positiva, es decir comunitarista. Una
democracia comunalista nos obligaría a desarrollar una esfera pública y
un
quehacer político, en tensión permanente, contra el poder. Una
democracia
confederal, anti-jerárquica y colectivista, fundada en la gestión
municipal de
los recursos naturales y humanos, con que dispone cada colectividad;
será
irremisiblemente, una praxis cotidiana liberadora. Bookchin, señala, al
respecto:
“..El capitalismo no abrirá lugar generosamente a las instituciones
populares
democráticas que necesitamos. Su control sobre la sociedad
contemporánea es
generalizado, en los escasos restos de la esfera publica que
prevalecen. El
pueblo, debe afirmar su control sobre las instituciones que son
esenciales para
la vida pública; que correctamente identificó el revolucionario
anarquista
Miguel Bakunin, en la figura de los consejos municipales.. Bakunin
sostenía
que, la gente mostraba un saludable y práctico sentido común, cuando se
trataba
de asuntos comunales de orden público. Nadie como ella misma, estaba
tan bien
informada y sabía seleccionar de entre sus miembros, a los encargados
más
capaces de regir la vida en sociedad..”( )
De la misma manera, el filósofo español Gabriel Bello Reguera, en su
extraordinario artículo: “La idea de Comunidad: Resistencia Histórica y
Despliegue Pragmático”, reivindica sólidamente los criterios últimos de
la vida
comunal:
“..La ontología de la comunidad, vendrá entonces a
coincidir con el
proceso de selección de categorías últimas o primarias, acuñadas para
dar la
cuenta final de las legitimaciones efectivas de una actuación política,
instituida o instituyente en la constitución o reconstitución de la
trama
comunitaria.. Nuestra época, es la época de la “disposición tecnológica
del
mundo” o “realización total de la metafísica”, donde disposición
tecnológica y
metafísica”, tendrían el mismo referente histórico: una época en la
que, se
habría producido precisamente, por esa “disposición tecnológica” el
ocaso del
sujeto”, y con el, el de cualquier sentido que pudiera haber tenido el
concepto
de compromiso personal, ético y político con la constelación de valores
comunales. El problema de fondo, estriba en que la “disposición o trama
tecnológica, es totalitaria y en su horizonte, ya no quedan ni sentido
ni
significados comunales, para lo que en otro tiempo fue la identidad del
sujeto
libre, consciente y responsable de tomar iniciativas colectivas..
Consecuencia
obvia de esta situación, es una visión de la postmodernidad, como una
época de
post-moralidad, abierta por la extinción u ocaso de la subjetividad
moral, cuya
preservación y desarrollo, constituía el valor de todo el entramado
institucional de la comunalidad moderna, que alcanza su cenit teórico
en las
visiones kantiana y hegeliana, del “reino de los fines” y del “Estado
ético”
respectivamente, y su apoteosis en la visión de una sociedad
comunista..”( ).
En este sentido, el problema de la resistencia
comunalista, debe
plantearse en una dimensión, histórica, ética y política:
“..El significado del término resistencia, debe ser entendido, ante
todo, en
sentido ético de obvias connotaciones axiológicas. A partir de este
primer
sentido, pueden reconstruirse otros como el étnico-histórico, o
étnico-político, que a lude a los procesos de lucha por los que un
pueblo o
etnia, determinados, tratan de sobrevivir como tales. Este es el
sentido de
casos concretos de resistencia como la de diversas etnia indias”,
contra la
colonización española o angloamericana, o las del pueblo judío contra
los
nazis, o la de la izquierda y el nacionalismo españoles contra el
franquismo, o
la de los palestinos contra los judíos, o finalmente la de las diversas
nacionalidades y etnias musulmanas, contra el centralismo de la ex
unión
soviética.. El problema de la resistencia en la comunidad debe
plantearse en
este contexto, histórico, ético y político especifico. Pues habría que
entenderla en primer lugar como el empeño por preservar las señas de
identidad
que configuran la constelación axiológica de la comunalidad, en la que
germina
el impulso de resistencia..” ( ).
Por último, cabe aclarar que los tres ensayos de Murray Bookchin que
aquí se
compilan y ofrecemos a nuestros amables lectores, contribuyen sin duda
alguna,
al esclarecimiento sobre una de las corrientes que actualmente
revitaliza la
reflexión y la acción del movimiento socialista libertario en el mundo,
es
decir la propuesta de transformación social, representada por el
comunalismo. A
lo largo de estos ensayos, Bookchin habría de sintetizar su propuesta
de
renovación conceptual y de práctica social del ideario libertario, bajo
un
renovado horizonte comunalista, dejando expuestas con gran claridad,
las
razones que sustentan dicha propuesta y que podrían resumirse de la
siguiente
manera: “la teoría y la practica del anarquismo encuentran su raíz mas
profunda
en la vida social y comunitaria antes que en la idea de individuo; es
en este
espacio social donde resulta hoy necesario reubicarlo para que
encuentre
futuro”. La esencia misma de lo comunal escapa a los tradicionales
encuadramientos que identifican al comunismo con el socialismo
autoritario y al
anarquismo como una burda variedad del liberalismo individualista. Por
otra
parte, la dimensión democrática a la que se alude a través de la
propuesta
comunalista, es su práctica efectiva, desde abajo y sin reparos en el
parlamentarismo burgués, a nivel asambleario y en pleno ejercicio del
cara a cara,
valor supremo de la democracia directa.
Vale pues, vayan estas líneas como un humilde homenaje a la memoria de
aquel
ilustre filósofo anarquista de origen húngaro Murray Bookchin, muerto
en las
postrimerías de la dulce rebeldía.
David Munguía
Otoño de 2006
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