COMUNALISMO

LA DIMENSION DEMOCRATICA

DEL ANARQUISMO
y

Seis Tesis Sobre Municipalismo Libertario                                    

portbookchin



PRESENTACIÓN

Comunalismo y Autonomía Comunitaria



“..La tarea de los revolucionarios no es “hacer” la revolución. Pues esta, solo es posible, si todo el pueblo participa en un gran proceso de experimentación orientado a la transformación radical tanto de la vida cotidiana como de su conciencia… La tarea de todo revolucionario, es pues, provocar y promover este proceso social de transformación radical..”  

Murray Bookchin


En las últimas décadas, hemos visto germinar, importantes procesos de lucha social, encaminados a la instauración de poderes locales de corte autogestivo, al interior del ámbito de lo comunal; llegando a caracterizar profundos estallidos políticos y revueltas sociales. Dejando tras de sí, a una emergente ciudadanía, deseosa de conquistar espacios propios de poder local, ensayando novedosas estrategias de organización y resistencia, basadas en una identidad de resistencia común y una fuerte caracterización de la participación horizontal, lo cual les ha permitido escapar a las imposiciones gubernamentales y sus habituales formas de control político. En un interesante artículo titulado “Rastreando lo político”, Benjamín Arditi caracteriza a estos procesos sociales de gran politicidad, de la siguiente manera:


“..Arropados por una creciente movilización social, que cuestiona profundamente las formas habituales de participación política, demandantes de un respeto y consideración a sus propias formulas organizativas y programáticas, encontramos la presencia social y política de un creciente número de nuevos actores políticos y emergentes sujetos sociales; que persiguen el establecimiento de un orden social y político distinto, en pos de lograr auténticos mecanismos de representación social, dentro de un complejo entramado de arenas políticas de corte local y regional..”


Lo que hoy se entiende por “política”, no es más que una burda técnica de organización estatal. Pero esto el quehacer de “lo político”, jamás podrá ser arrebatado al pueblo; ya que no se agota en esta sucia función, sino que se ve potenciado en el ámbito local. Pues es justamente en medio del conflicto entre la comunidad & Estado, donde se pueden encontrar las señales para una reconstrucción de la política social. Una política nueva, que este radicada en los pueblos, los barrios, las regiones; en fin, la alternativa practicable para no caer en la lógica estatal representada por el parlamentarismo. En dicho nivel parlamentario, la igualdad es entendida, como una burda igualdad de derecho, es decir de mera igualdad formal ante la ley impuesta. Igualdad puramente teórica plenamente compatible con una jerarquización de la sociedad. Allí, la democracia, es puramente de carácter representativo. En donde, el “demos” popular, se constituye como un cuerpo político exclusivamente, durante el voto electoral. Dicha representación, manifiesta una delegación total del poder, a lo largo de todo el mandato del “ungido”. El voto es secreto, en consecuencia, la política no es visible. La escena política es pública como espectáculo, y oculta en su mayor parte como asunto de un grupo social especializado, reclutado dentro de la burguesía; todo ello, sabiamente defendido por la inmutables “razones de Estado”. Murray Bookchin, filósofo anarquista de origen húngaro, fundador de la Ecología Social, y quien fuera una de las voces más escuchadas del pensamiento crítico contemporáneo, en un lúcido artículo titulado: “Sociedad, política y Estado”, establece:
“..La burguesía se apropio del poder político. Cubrió la legitimidad del demos, sobre la que se apoyaba, con la figura del Estado nacional, garante de lo social y por tanto alejado del pueblo. La heteronomía se mantuvo dejando adheridos al imaginario Estatal, los restos de sacralidad de la antigua monarquía.. El espacio social burgués, es pues un espacio construido sobre la diferenciación neta, la dualidad explícita de lo social y lo político. La instancia política así creada se autonomiza y conforma la única escena, completamente incluida en el espacio de representación del Estado, en la que el conflicto social pueda aparecer y jugarse dentro y solo dentro de la legalidad establecida por el poder político..” ( ).

Pocas veces como en el presente, algunas palabras socialmente importantes, han sido tan confundidas y desvirtuadas de su significado histórico. Se suele olvidar con mucha frecuencia, que hasta hace dos siglos, la “democracia”, era igualmente despreciada por monárquicos y republicanos como una pedestre “ley de la multitud”. Mientras que hoy, desde el poder, es aclamada exclusivamente en su acepción “representativa”, como un vulgar “oxymoron”, que hace referencia directa, a poco más que una oligarquía republicana de unos cuantos elegidos, que tan ostensiblemente hablan, en nombre de las masas desposeídas (  ).




Hoy los nuevos movimientos sociales, se han consolidado repensando conceptos tales como “sociedad”, “política” y “Estado”, adquiriendo una urgencia programática en la medida de que estas novedosas revueltas, ponen gran énfasis, en la necesidad de la descentralización de las comunidades humanas de un centro rector, a partir de la gestación de una democracia de base y de un equilibrio viable entre la ciudad y el campo (temas que nos recuerdan por mucho, las acaloradas reflexiones de Proudhon y Kropotkin). Eduardo Colombo, en un extraordinario artículo, titulado: “De la Polis y el espacio social plebeyo”, nos expone ciertos enclaves del sustento ideológico, de este nuevo quehacer político:
“..Una semilla que contiene la libertad fundada en la igualdad, podrá germinar nuevamente el día en que la democracia directa, despojada de la fatídica ley de las mayorías, encuentre un esquema de expresión, basado en la autonomía colectiva del sujeto de la acción.. Esta fisura recorre clandestinamente la historia. Se vuelve visible con aquel viejo debate entre Bakunin y Marx, a través de la mismísima Primera Internacional y la Comuna de París de 1871. Fueron enormes los esfuerzos de Marx por obstaculizarla, llevando a la A.I.T. (Asociación Internacional de los Trabajadores), al borde de su escisión (primero en la Conferencia de Londres de 1871, luego en el Congreso manipulado de La Haya de 1872), la separación de lo político y de lo social, por lo menos hasta el buscado triunfo de la revolución social. Con base a una resolución, la cual establecía, que el proletariado no podría actuar como clase, sino se constituía primero, como un partido político; con lo cual, la conquista del poder político, se convertía entonces, en el principal deber del proletariado. Por su parte, el Congreso de Saint-Imier, corrigió esta burda falacia, afirmando que la destrucción de todo poder político era el primer deber del proletariado. Pues el socialismo sin libertad era una burda dictadura, y la libertad sin socialismo, significaba continuar reproduciendo el vetusto régimen de explotación..” ( ).



El filósofo Cornelius Castoriadis, en su extraordinario artículo “Naturaleza y valor de la igualdad”, enfático nos aclara la situación:


“..Filosofía y política nacen juntas, en el mismo momento, suscitadas por una misma inclinación, la búsqueda de la autonomía individual y colectiva. Cuando digo filosofía, no me refiero ni a sistemas de pensamiento, ni a libros, ni a razonamientos escolásticos. Se trata primero y ante todo del legítimo cuestionamiento, de la representación instituida del mundo, del cuestionamiento de los ídolos de la tribu, en el horizonte de una interrogación ilimitada. Cuando digo política, no hablo de elecciones municipales, ni presidenciales; la política en el verdadero sentido del término; es el cuestionamiento de la institución efectiva de la sociedad, es la actividad que trata de encarar lúcidamente, la institución social como tal..” (  ).



Siguiendo a Castoriadis, encontramos que la exigencia de la “igualdad”, implica también “igualdad” en nuestras responsabilidades sobre la formación de una “vida colectiva”. Dado que la exigencia de “igualdad”, sufriría una perversión radical, si se refiriera únicamente a derechos pasivos. Su sentido es sobre todo, el sentido de una actividad participativa con una responsabilidad de igual magnitud, basada en nuestra “doxa” en nuestro quehacer político comunitario, en nuestra responsabilidad para con la vida. Así, tenemos que:


“..Si definimos como poder a la capacidad de una instancia cualquiera, personal o impersonal, de llevar a alguno o algunos, a hacer o no hacer, lo que por sí mismos hubieran o no hubieran hecho necesariamente. Es evidente que el mayor poder concebible es el de preformar a alguien de suerte que por si mismo, haga lo que se deseaba que hiciese, sin necesidad explícita de coerción (herrschaft) o fuerza explícita para lograrlo. Así, la política es proyecto de autonomía; es decir, actividad colectiva reflexionada y lúcida, tendiente a la convivencia plena de la sociedad como tal. Para decirlo en otros términos, concerniente a todo lo que en la sociedad es participable y compatible. Pues esta actividad, auto-instituyente, aparece así como no reconociendo, de jure , ningún límite..”



Así, Castoriadis nos expone, en otro lúcido ensayo titulado: “Poder, política y autonomía”; que la “autonomía”, surge como un germen “phoyetico” de praxis societal, que hace hincapié sobre las diversas representaciones sociales y su adecuado funcionamiento para la colectividad en su conjunto. Es un momento de creación, que inaugura no solo otro tipo de sociedad, sino también otro tipo de individuos:
“..La autonomía es pues proyección de futuro, situada sobre un plano a la vez ontológico y político; poniendo al día, la férrea disputa entre el poder instituyente frente al poder instituido y su explicación reflexiva, que no puede ser mas que parcial y en un sentido mas estricto la reabsorción de lo político como poder explícito, en la política, actividad lúdica y deliberante que tiene como objeto la institución explicita de la sociedad (así como de todo poder explícito) y su función como “nomos”, “diké”,“télos”, -legislación, jurisdicción, gobierno- hacia fines comunes y obras públicas que la sociedad se haya propuesto deliberadamente.. La creación por los griegos de la política y la filosofía, es la primera aparición histórica del proyecto de autonomía colectiva e individual. Si queremos ser libres, debemos de hacer nuestro “nomos”. Si queremos ser libres, nadie debe poder decirnos, lo que debemos pensar..” ( )



Murray Bookchin por su parte, establece que dentro de la historia de las ideas, dicho planteamiento “autonomista”, se enmarca en una férrea disputa entre el “individualismo” & el “colectivismo”. El autor rastrea que la categoría de “autonomía”, como referencia a un “auto-gobierno”, estrictamente personal, encontró un antiguo apogeo en el imperial culto romano de las “libertas”. Bajo el reinado de los césares Julios y Claudios, el ciudadano romano gozaba en gran medida, de cierta autonomía para satisfacer su propios deseos y apetencias sin la reprobación de autoridad alguna, mientras no interfiriera con los negocios y necesidades del Estado. Por otro lado, en la tradición liberal mas desarrollada teóricamente por John Locke y Stuart Mill, la “autonomía” adquirió un sentido más amplio que se oponía a la excesiva autoridad del Estado. Durante el siglo XIX, hubo una materia en particular que capturó la atención de los teóricos del liberalismo clásico, ésta fue la economía política; la cual no concebían únicamente como el estudio de los bienes y servicios, sino ante todo como un sistema moral. De hecho el pensamiento liberal reducía generalmente lo social a lo económico. Así, la excesiva autoridad del Estado fue rechazada a favor de una presunta “autonomía económica”:


“..De hecho, la interpretación liberal de la autonomía supone realmente arreglos totalmente definidos más allá del individuo notablemente, las leyes del mercado. Con la autonomía individual como polo opuesto, esta leyes constituyen un sistema social organizativo en el que toda “colección de individuos” se mantienen bajo la tutela de la famosa “mano invisible” de la competencia. Paradójicamente, las leyes del mercado se sobreponen al ejercicio de la ‘libre voluntad” de los mismos individuos soberanos, quienes forman esa “colección de individuos”. Ninguna sociedad constituida, puede existir sin instituciones; si una sociedad, en tanto “colección de individuos”, ni más ni menos, pudiera haber aparecido alguna vez, simplemente se hubiera disuelto. Los liberales se colgaron de la idea de un “mercado libre” y una “libre competencia”, guiados por las “inexorables leyes” de la economía política..”(  ).




Alternativamente a esta noción de “autonomía”, en su acepción individualista; sobresale una renovada representación colectivista del término. Así, encontramos que la palabra inglesa “freedom”, comparte raíces etimológicas con el vocablo alemán “freiheit” o “libertad social”, que toma su punto departida no del individuo sino de la comunidad. En la época de la ilustración y durante el siglo XIX, conforme el pensamiento social ilustrado y sus sucedáneos instituyeron la idea de la variabilidad de las instituciones, al primer plano del pensamiento social, el individuo también resulto ser afectado por esta posibilidad. De esta manera, a lo largo del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, los grandes teóricos socialistas, elaboraron una idea de libertad social mucho más compleja, contemplando al individuo, como algo concientemente imbricado en lo social. Para estos pensadores, la vetusta idea liberal de ver lo social, como una burda “colección de individuos”, resultaba ser una formulación descompuesta, para referirse a lo que era una sociedad; dado que ellos, consideraban, que la libertad individual debía ser compatible y congruente con la libertad social “freedom”, y de forma muy significativa, definieron a la libertad social como un concepto en evolución y unificador. Bookchin continúa:


“..Los teóricos socialistas formularon la pregunta fundamental sobre: ¿Qué constituía a una sociedad racional?, una cuestión específicamente ética en tanto que abolía la centralidad de la economía en una sociedad libre. Donde el pensamiento liberal reducía generalmente lo social a lo económico, las diferentes corrientes socialistas (aparte del marxismo) entre las que Kropotkin distinguía como “rama izquierda” al anarquismo, asimilaron lo económico a lo social..”( ).



Tanto la sociedad como el individuo eran conceptos históricos, en el mejor sentido del término; es decir, entidades auto generativas en permanente cambio, complejos procesos creativos, a través de los cuales, cada uno existía dentro y a través del otro. Esta historicidad, estuvo acompañada por nuevos derechos y deberes, cada vez más amplios. El lema de la Primera Internacional, era el enfático exhorto: “No más derechos sin obligaciones, ni mas obligaciones sin derechos”. Así pues, para los pensadores socialistas clásicos, concebir al individuo sin la sociedad resultaba tan absurdo, como pensar en la sociedad sin individuos. Buscaron la realización de ambos en estructuras asociativas justas, que abrigaran el más amplio grado de libertad de expresión en cada aspecto de la vida social. Bookchin concluye:

 
“..El individualismo, tal como es concebido por el liberalismo clásico, descansa en una ficción. Para empezar, la misma presuposición de una legalidad” social , mantenida por la competencia del mercado, esta bastante lejos de su mito sobre el individuo totalmente soberano y “autónomo”. Con aún menos presupuestos para sostener sus ideas, la teóricamente endeble obra de Max Stirner comparte una disyunción similar: La disyunción ideológica entre el ego y la sociedad. El concepto central que revela esta distinción de hecho esta contradicción, es la cuestión de la democracia. Por democracia, desde luego, no me refiero al “gobierno representativo” en forma alguna, sino a la democracia cara-a-cara. En relación con sus orígenes en la democracia de la Atenas clásica, el término como lo uso yo es la idea de la gestión directa de la polis por la ciudadanía en asambleas populares, lo que no representa menospreciar el hecho que la democracia ateniense estaba fundada en el patriarcado, la esclavitud, el dominio de clase y la restricción de la ciudadanía a los varones atenienses por nacimiento. A lo que me refiero es a una tradición evolutiva de estructuras institucionales, no a un “modelo” social. La democracia definida de forma general, es la gestión directa de una sociedad a través de asambleas cara-a-cara, donde las políticas son formuladas y decididas por la ciudadanía local y la administración es llevada a cabo por consejos delegados y con mandatos explícitos..”( ).

Siguiendo esta línea de exposición, Murray Bookchin, en otro extraordinario texto, titulado: “Comunalismo”, nos propone que la dimensión democrática y potencialmente practicable de la autodeterminación colectiva, puede ser expresada a través del termino “comunalismo”; una palabra que, a diferencia de aquellas otras que alguna vez se refirieron inequívocamente a un cambio social radical, no ha sido históricamente devaluada. De esta manera, para Bookchin, el “comunalismo”, también llamado por el: “municipalismo libertario”; representa una perspectiva política comunitaria, que busca proveer una alternativa de democracia directa y confederada, frente a la hegemonía Estatal y a una sociedad cada ve más burocratizada y centralizada:
“..El municipalismo libertario o comunalismo, vendrá a ser, un punto de partida para lograr alcanzar una sociedad comunitarista, basada en la solidaridad y el apoyo mutuo. Un quehacer político, que buscará transformar lo que ahora se denomina como “electores” o “contribuyentes”, en ciudadanos activos; y en rehacer, lo que ahora son meros conglomerados humanos, hasta convertirlos en comunidades genuinamente relacionadas entre si, mediante confederaciones, capaces de hacer un contrapeso al Estado... El municipalismo libertario, es una perspectiva y una práctica política y social, en desarrollo; encaminada a recobrar y expandir la esfera pública, hasta ahora en declive, debido a que el Estado la ha absorbido y no en pocos casos, usurpado y eliminado..” ( ).

Para Bookchin, el “comunalismo” representara así, un proyecto fundamentado comunitariamente, que restablece la ética en la política para un bien común. Buscando transformar, la esfera de lo político, en el ejercicio mismo de una auténtica participación ciudadanía, rompiendo el circulo vicioso del parlamentarismo, con su mistificación del sistema de partidos como único medio de representación de los intereses públicos. A este respecto, el “municipalismo libertario”, no sería una simple “estrategia política”; sino el mas vigoroso intento colectivo, por trabajar a partir de las posibilidades democráticas latentes, una configuración radicalmente nueva de la sociedad misma: “..una sociedad comunitaria orientada a la satisfacción de las necesidades humanas y que responda a los imperativos ecológicos, desarrollando una nueva ética basada en el compartir y la cooperación..”, expresa Bookchin. Todo ello reclama, una redefinición de la política, un retorno a su original significado griego de la palabra como gestión de la comunidad o de la polis mediante asambleas con participación directa de la gente, con el objeto de formular una política pública basada en una ética de la complementariedad y la solidaridad. En esta perspectiva, el “municipalismo libertario”, será democrático por esencia y no jerárquico en su estructura, representando una forma de finalidad humana y no una simple conjunción de estructuras o estrategias políticas, que no puedan ser adoptadas o descartadas para obtener el poder:


“..Cuando los medios y los fines se integren a una lógica comunal, la palabra democracia expresará entonces, el control popular directo de una sociedad por parte de sus propios ciudadanos; mediante la obtención y el mantenimiento de una verdadera democracia, a través de las asambleas municipales - al contrario de los sistemas de representación previstos por el estado, que se arrogan el derecho de los ciudadanos de formular las políticas que conciernen a las comunidades y regiones. Una política como la propuesta, habrá de diferir radicalmente de las estatuidas y del estado — un cuerpo profesional compuesto por burócratas, policías militares, legisladores y similares, que existe como aparato coercitivo, claramente separado de la población y sobre de ella. La aproximación del municipalismo libertario distingue la estatalidad —que hoy caracterizamos de manera exclusiva como “política” — de la política como esta se daba en las comunidades democráticas precapitalistas. El municipalismo libertario implica además una clara delimitación del ámbito de lo social - a si como del de lo político - al estricto significado del término social, vale decir, el lugar en el que vivimos nuestras vidas privadas y nos atareamos en la producción. En cuanto tal, el ámbito de lo social debe distinguirse del campo político y del estatal. El estado representa una formación completamente ajena, una espina en el costado del desarrollo humano, una entidad exógena que incesantemente ha invadido los ámbitos de lo social y lo político. Frecuentemente, de hecho, el Estado ha resultado un fin en si mismo, como testimonia tenemos el nacimiento de los imperios asiáticos, la antigua Roma imperial y los Estados totalitarios en tiempos modernos. Además ha repetidamente invadido el espacio político que, no obstante todas sus insuficiencias del pasado, ha constituido un impulso para las comunidades, los grupos sociales, y los individuos singulares.. Esta invasión no ha tenido lugar sin contrastes. De hecho el conflicto entre el estado por una parte y los ámbitos político y social por el otro, ha sido una guerra civil subterránea, continuada por centenares de años.. En tiempos modernos, registramos, el enorme conflicto entre las ciudades castellanas (comuneros) contra la monarquía española hacia 1520; en la lucha de las secciones parisinas contra la Convención Jacobina centralista en 1793 y en innumerables otros episodios..”( )



La democracia directa, cara-a-cara, franca y de base, irremisiblemente, emana de un ser comunalista, que expanda nuestras ideas mas allá de la libertad negativa y arribe a una libertad positiva, es decir comunitarista. Una democracia comunalista nos obligaría a desarrollar una esfera pública y un quehacer político, en tensión permanente, contra el poder. Una democracia confederal, anti-jerárquica y colectivista, fundada en la gestión municipal de los recursos naturales y humanos, con que dispone cada colectividad; será irremisiblemente, una praxis cotidiana liberadora. Bookchin, señala, al respecto:


“..El capitalismo no abrirá lugar generosamente a las instituciones populares democráticas que necesitamos. Su control sobre la sociedad contemporánea es generalizado, en los escasos restos de la esfera publica que prevalecen. El pueblo, debe afirmar su control sobre las instituciones que son esenciales para la vida pública; que correctamente identificó el revolucionario anarquista Miguel Bakunin, en la figura de los consejos municipales.. Bakunin sostenía que, la gente mostraba un saludable y práctico sentido común, cuando se trataba de asuntos comunales de orden público. Nadie como ella misma, estaba tan bien informada y sabía seleccionar de entre sus miembros, a los encargados más capaces de regir la vida en sociedad..”( )




De la misma manera, el filósofo español Gabriel Bello Reguera, en su extraordinario artículo: “La idea de Comunidad: Resistencia Histórica y Despliegue Pragmático”, reivindica sólidamente los criterios últimos de la vida comunal:


“..La ontología de la comunidad, vendrá entonces a coincidir con el proceso de selección de categorías últimas o primarias, acuñadas para dar la cuenta final de las legitimaciones efectivas de una actuación política, instituida o instituyente en la constitución o reconstitución de la trama comunitaria.. Nuestra época, es la época de la “disposición tecnológica del mundo” o “realización total de la metafísica”, donde disposición tecnológica y metafísica”, tendrían el mismo referente histórico: una época en la que, se habría producido precisamente, por esa “disposición tecnológica” el ocaso del sujeto”, y con el, el de cualquier sentido que pudiera haber tenido el concepto de compromiso personal, ético y político con la constelación de valores comunales. El problema de fondo, estriba en que la “disposición o trama tecnológica, es totalitaria y en su horizonte, ya no quedan ni sentido ni significados comunales, para lo que en otro tiempo fue la identidad del sujeto libre, consciente y responsable de tomar iniciativas colectivas.. Consecuencia obvia de esta situación, es una visión de la postmodernidad, como una época de post-moralidad, abierta por la extinción u ocaso de la subjetividad moral, cuya preservación y desarrollo, constituía el valor de todo el entramado institucional de la comunalidad moderna, que alcanza su cenit teórico en las visiones kantiana y hegeliana, del “reino de los fines” y del “Estado ético” respectivamente, y su apoteosis en la visión de una sociedad comunista..”( ).



En este sentido, el problema de la resistencia comunalista, debe plantearse en una dimensión, histórica, ética y política:


“..El significado del término resistencia, debe ser entendido, ante todo, en sentido ético de obvias connotaciones axiológicas. A partir de este primer sentido, pueden reconstruirse otros como el étnico-histórico, o étnico-político, que a lude a los procesos de lucha por los que un pueblo o etnia, determinados, tratan de sobrevivir como tales. Este es el sentido de casos concretos de resistencia como la de diversas etnia indias”, contra la colonización española o angloamericana, o las del pueblo judío contra los nazis, o la de la izquierda y el nacionalismo españoles contra el franquismo, o la de los palestinos contra los judíos, o finalmente la de las diversas nacionalidades y etnias musulmanas, contra el centralismo de la ex unión soviética.. El problema de la resistencia en la comunidad debe plantearse en este contexto, histórico, ético y político especifico. Pues habría que entenderla en primer lugar como el empeño por preservar las señas de identidad que configuran la constelación axiológica de la comunalidad, en la que germina el impulso de resistencia..” ( ).

Por último, cabe aclarar que los tres ensayos de Murray Bookchin que aquí se compilan y ofrecemos a nuestros amables lectores, contribuyen sin duda alguna, al esclarecimiento sobre una de las corrientes que actualmente revitaliza la reflexión y la acción del movimiento socialista libertario en el mundo, es decir la propuesta de transformación social, representada por el comunalismo. A lo largo de estos ensayos, Bookchin habría de sintetizar su propuesta de renovación conceptual y de práctica social del ideario libertario, bajo un renovado horizonte comunalista, dejando expuestas con gran claridad, las razones que sustentan dicha propuesta y que podrían resumirse de la siguiente manera: “la teoría y la practica del anarquismo encuentran su raíz mas profunda en la vida social y comunitaria antes que en la idea de individuo; es en este espacio social donde resulta hoy necesario reubicarlo para que encuentre futuro”. La esencia misma de lo comunal escapa a los tradicionales encuadramientos que identifican al comunismo con el socialismo autoritario y al anarquismo como una burda variedad del liberalismo individualista. Por otra parte, la dimensión democrática a la que se alude a través de la propuesta comunalista, es su práctica efectiva, desde abajo y sin reparos en el parlamentarismo burgués, a nivel asambleario y en pleno ejercicio del cara a cara, valor supremo de la democracia directa.


Vale pues, vayan estas líneas como un humilde homenaje a la memoria de aquel ilustre filósofo anarquista de origen húngaro Murray Bookchin, muerto en las postrimerías de la dulce rebeldía.

 

David Munguía

Otoño de 2006