| La tendencia joven y la tendencia vieja se alcanzan a
la mitad del camino. La joven sonríe, y en su sonrisa irradian
todas las auroras, florecen todos los rosales, respiran todos los
nardos. La vieja frunce el ceño y gruñe:
-¡Alto ahí, desvergonzada! ¿A dónde vas de esa manera? Y con
el dedo descarnado señala las desnudeces
luminosas de la joven, que se ostentan palpitantes y espléndidas
como un poema entusiasta a la verdad, a la libertad y a la
vida.
La joven no se detiene, no puede detenerse, tiene prisa por
llegar a su destino, y su cuerpo ondula al sol armonioso como una
estrofa de salud, de fuerza y de belleza.
La vieja, fuera de sí, echa a correr tras de la joven, los
ralos cabellos al aire, la desdentada boca
abierta.
-¡Detente, loca! ¡Vergüenza de tu sexo! -grita la vieja.
¿Sabes siquiera adónde vas? Yo aquí me detengo, yo no camino más.
Vale más malo por conocido que bueno por conocer. Es una locura
seguir adelante por ese camino que no se sabe dónde terminará. Mis
padres hasta aquí llegaron, y yo no pasaré de aquí, pues sería tanto
como renegar de ellos si diera un paso adelante negando lo que ellos
creyeron, odiando lo que ellos amaron, despreciando lo que fue para
ellos motivo de respetuoso culto y de religiosa admiración. La
igualdad es imposible; por fuerza tiene que haber siempre ricos y
pobres. Dios lo ha decretado así; lo asegura la santa religión, y es
necesario que Dios tenga sus representantes en la tierra, que son
los gobernantes. ¡Detente! ¡Detente!
Los gritos destemplados de la vieja levantan una bandada de
gorriones, que picotean alegres a la orilla del camino. La joven
vuelve el rostro, sonríe bondadosa, y, sin detener el paso, dice con
una voz en la que vibran la sinceridad y la
convicción:
-Yo sé a donde voy. Voy hacia la vida, y voy desnuda porque
represento la verdad. La verdad no puede andar con disfraces. No
puedo detenerme, porque sería transigir con el error. También mis
padres me enseñaron lo que a ti los tuyos: a crecer en la mentira;
pero fue que mis pobres padres no hicieron uso de su razón. El
sacerdote les ordenó creer, y ellos creyeron a ojos cerrados; el
gobernante les dijo: "obedeced", y ellos obedecieron con las frentes
inclinadas; el rico les gritó: "trabajad para mí", y ellos bajaron
las frentes, encorvaron las espaldas y echaron a andar sobre el
surco...
La vieja bajó la cabeza, y parece reflexionar, los escasos
cabellos canos sueltos al viento. Quiere replicar; pero no halla
palabras con qué combatir las palabras de la verdad. La joven, sin
detener su marcha, continúa:
-Yo me rebelo contra todo lo que creyeron mis padres, no
porque los desprecie o los odie. Desprecio y
odio, sí, a los que los tuvieron sumergidos en la mentira para
tiranizarlos, explotarlos y embrutecerlos.
La joven continúa su marcha como un sol en movimiento, y la
vieja, en su puesto, inmóvil, clavada, la ve alejarse rápida, como
un rayo de esperanza pasa fugaz por la sombría mente del
triste.
La joven va hacia la vida; la vieja se desposa con la
muerte.
Ricardo Flores Magón
Regeneración, n. 215. 4 de diciembre de 1915
|