| ¡Orden! gritó enfurecido el jefe vazquista cuando, después de
tomada la plaza, las mujeres y los niños de la población forcejeaban
por abrir las puertas de las tiendas, de los almacenes, de los
graneros, para tomar lo que necesitaban en sus hogares, creyendo,
con el candor de los corazones no corrompidos, que la Revolución
tenía que ser forzosamente benéfica a los pobres.
¡Atrás, bandidos! volvió a rugir el jefe vazquista al ver que la
multitud parecía no haber escuchado el primer grito, pues continuaba
focejeando por extraer las útiles y buenas cosas que hacían falta a
sus hogares pobrísimos.
¡Alto, u ordeno que se os haga fuego!, bramó el jefe vazquista,
loco ya de rabia ante aquel "atentado" al derecho de la
propiedad. ¡Bah!, dijo una mujer que llevaba un
niño prendido al pecho, ¡bromea el jefe! Y con los demás continuó,
la simpática tarea de romper candados y cerrojos para tomar de
aquellos depósitos del producto del trabajo de los humildes, lo que
no había en sus hogares.
En efecto, para aquellas buenas gentes bromeaba el jefe
vazquista. ¿Cómo había de ser posible que un revolucionario se
pusiera a defender los intereses de la cruel burguesía, que había
tenido al pueblo en la más abyecta miseria? No, decididamente
bromeaba el jefe vazquista, y atacaron con más bravura las recias
puertas de los almacenes, hasta que saltaron los candados hechos
pedazos y los cerrojos retorcidos a inservibles, abriéndose las
puertas para dar entrada a la multitud gozosa, que saboreaba de
antemano tantos buenos comestibles allí encerrados, a la par que se
imaginaba pasar un agradable invierno bajo el suave calor de las
buenas telas allí almacenadas.
Inundaban las calles aquellas simpáticas hormigas; cargando cada
una de ellas tanto como podía; riendo los niños, llenas de
confituras las boquitas; radiantes las mujeres bajo la pesadumbre de
sus fardos; contentos mujeres y niños con la agradable sorpresa que
recibirían los varones cuando regresaran de la mina, diez kilómetros
distante del poblado.
En medio de su algarabía no oyeron una voz estridente que gritó:
¡Fuego!... Las azoteas se coronaron de humo, y una granizada de
balas cayó sobre la muchedumbre despedazando carnes maduras y carnes
tiernas. Los que no fueron heridos se dispersaron en todas
direcciones dejando por las calles mujeres y niños agonizantes o
muertos... ¡Fueron en busca de la vida, y se tropezaron con la
muerte! ¡Creyeron que la Revolución se hacía en beneficio de los
pobres, y se encontraron con que se hacía para sostener a la
burguesía!
Cuando los mineros regresaron a sus hogares, caídos los brazos
por el cansancio, pero alegres por haber salido del presidio de la
mina para estrechar a sus compañeras y besar las frentecitas de los
chicuelos, supieron, de labios de los supervivientes, la triste
nueva: ¡los vazquistas, sostenedores de esa iniquidad que se llama
Capital, habían disparado sus armas sobre las mujeres y los niños en
defensa del "sagrado" derecho de propiedad!
La noche, negra, tendía su sudario sobre aquel campo de la
muerte. El silencio era tan sólo perturbado de tiempo en tiempo por
los gritos de los centinelas que corrían la voz, o por el lúgubre
aullido de algún perro, que extrañaba a su amo. Bultos negros, que
parecía formaban parte de la noche, discurrían aquí y allá, sin
hacer ruido, como si se deslizaran; pero un oído atento podía haber
sorprendido estas palabras pronunciadas como un suspiro: "¡La
dinamita!" "¿Dónde está la dinamita?" Y los negros bultos seguían
deslizándose.
Eran los mineros. Sin haberse puesto de acuerdo, habían tenido el
mismo pensamiento: volar, por medio de la dinamita, a aquellos
esbirros que en nombre de la libertad se habían levantado en armas
para remachar la cadena de la esclavitud económica.
Momentos después el cuartel general vazquista volaba hecho mil
pedazos, y con él los asesinos del pueblo. Cuando amaneció, pudo
verse, en los escombros todavía humeantes, una bandera roja que
ostentaba, en letras blancas, estas bellas palabras: "Tierra y
Libertad".
De "Regeneración" del número 79, fechado el 2 de marzo de 1912
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