El gobierno de los Estados Unidos de América asesinó
a Ricardo Flores Magón en una oscura celda de la penitenciaria de
Leavenworth, Kansas, el 21 de noviembre de 1922. Setenta y siete
años han transcurrido desde el funesto crimen que acabara con
la existencia material del gran revolucionario, pensador profundo y
rebelde a toda sumisión, como lo llamó su leal compañero Librado
Rivera. A pesar de este tiempo, Magón continua vivo en el corazón
digno del México de abajo, el de los pobres y los desheredados. En
efecto, Magón vive en los grupos de jóvenes (estudiantes, punks,
sindicalistas, campesinos e indígenas) que ven en él un ejemplo a
seguir, en los núcleos obreros que se inspiran en su obra
anticapitalista, en el municipio rebelde que lleva su nombre en las
tierras libres y dignas de los indígenas zapatistas y también,
especialmente, en el municipio autónomo de San Antonio Eloxochitlán,
entre las montañas oxaqueñas que lo vieran nacer.
Ricardo Flores Magón y el Partido Liberal Mexicano emprendieron una
lucha propagandística, organizativa y militar sin descanso en contra
de la dictadura de Porfirio Díaz y del sistema capitalista y
autoritario de su época. Al finalizar el siglo, la obra de Flores
Magón se levanta como uno de los faros utópicos más importantes de
las luchas libertarias, anticapitalistas y autogestionarias en
nuestro país. Magón es y será inspiración de todo revolucionario que
aspire a destruir el poder y a promover la autogestión social del
pueblo mexicano.
El
sueño de Magón de un país en el que sus habitantes tengan pan,
educación, tierra, libertad, trabajo libre no asalariado, en el que
todo sea para todos y no de propiedad privada, conserva su
vitalidad.
El
ideal de que los pueblos conduzcan sus destinos sin jefes,
vanguardias o caudillos y autogestionen sus organizaciones y sus
luchas, para que no sean utilizados por los burócratas, los
militares y la clase intelectual como carne de cañón en su ascenso
al poder, es hoy mas válido que nunca
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