| Trémulo y pálido, inquieta la mirada, colgante el belfo, un
hombre se abre paso entre la multitud, y dando tropezones,
arrastrando los pies como si fueran de plomo, sube a la tribuna: es
el Miedo quien va a hablar. Filosofía de bestias de cuadra es la que
predica. "La paz es buena, dice; la paz es un gran bien. La vida es
dulce y es amable, prosigue; cuidemos, pues, la vida."
Momentos antes, altivos tribunos habían sacudido a aquella
multitud, y el heroísmo, el arrojo y la rebelde audacia habían hecho
vibrar aquellas almas, almas proletarias, espíritus taciturnos de
vencidos seculares que, al grito de rebelión, habían sentido
levantarse de los más escondidos rincones de su ser el ansia de los
héroes, el coraje de los bravos. Un grito más, y aquellos esclavos
habrían dejado caer con rabia ese fardo que los encorva y los somete
con más eficacia que el presidio y el cadalso: el respeto a los de
arriba. Pero el Miedo se encarama y habla; sus palabras pasan sobre
aquellas cabezas como un soplo de invierno; y los entusiasmos se
apagan, el ansia ardiente se entumece, y aquellos seres humanos, que
habían podido llegar a los umbrales del heroísmo e iban ya a
franquear sus puertas, abren los ojos con espanto y retroceden para
caer de nuevo envilecidos y sumisos a los pies de sus verdugos,
repitiendo las palabras malditas: "la paz es buena; la paz es un
gran bien".
Esta es la historia de todos los humanos esfuerzos hacia la
libertad y la felicidad. Poniendo en riesgo su vida y su bienestar,
habla el apóstol. Los esclavos se enderezan y escuchan. La vívida
palabra del apóstol cae sobre las almas entristecidas por el secular
dolor como un bálsamo bienhechor. Es un consuelo saber que todos,
por el hecho solo de nacer, tenemos derecho a vivir y a ser felices.
¿No somos felices? Es que hay alguien que pone obstáculos al libre
disfrute de la felicidad. Y el apóstol habla entonces del amo, del
fraile, del soldado y del gobernante. Estos pesan sobre los
proletarios desde que apareció el primer ladrón que dijo: "este
pedazo de tierra es mío," y desde entones han moldeado a su antojo
la inteligencia humana, amedrentándola unos con el temor al infierno
y aterrorizándola otros con el calabozo y la muerte. De aquí deriva
el religioso respeto a los de arriba; respeto al fraile que
embrutece; respeto al soldado que asesina; respeto al gobernante que
oprime; respeto al amo que vive del trabajo de los parias, y ese
respeto prescrito por las leyes, tan admirablemente dispuestas que
con ellas sólo se benefician los de arriba y se perjudican los de
abajo, oprime a la humanidad, la hace esclava, la hace desgraciada
porque quita el derecho al libre examen, arrebata la prerrogativa de
gozar de todos los bienes con que nos brinda la Naturaleza, no
tienta la civilización y hace al hombre incapaz de levantar la vista
y mirar de frente a sus opresores.
Contra ese respeto habla el apóstol y sus palabras son
inyecciones de santa soberbia que vigoriza a las multitudes. El
deseo de ser libres se apodera y el espíritu de la justicia inmortal
parece que al fin se decide a echar sus raíces en el corazón del
hombre. Pero viene el Miedo y habla; se sobrecogen de terror los
corazones; los brazos más firmes dejan caer con desaliento las armas
libertarias y de los labios envilecidos brotan una por una las
odiosas palabras: la vida es dulce y amable; cuidemos, pues, la
vida.
Y bien, predicar la paz es un crimen. Predicar la paz cuando el
tirano nos deshonra imponiéndonos su voluntad; cuando el rico nos
extorsiona hasta convertirnos en sus esclavos: cuando el Gobierno, y
la Burguesía y el Clero matan toda aspiración y toda esperanza;
predicar la paz en tales circunstancias es cobarde, es vil, es
criminal. La paz con cadenas es una afrenta que se debe rechazar.
Hay paz en la ergástula, hay paz en el cementerio, hay paz en el
convento; pero esa paz no es vida; esa paz no enaltece; esa es la
paz de Porfirio Díaz, la paz en que medra el eunuco y se prostituye
el ciudadano; la paz de los Césares, la paz de los sátrapas del
Oriente. Un paz así, ¡maldita sea! Contra una paz así
debemos rebelarnos todos los que todavía andamos en dos pies. La
muerte en medio de la Revolución es más dulce que la vida en medio
de la opresión. La libertad o la muerte, deber ser nuestro grito, y
a su conjuro levantémonos todos para aplastar, primero, a los
cobardes que predican la paz; en seguida, a los tiranos.
Primero a los cobardes, porque ellos son el más seguro apoyo de
todo despotismo y los enemigos más peligrosos de todo progreso.
"Blasfemia," gritan los cobardes. Sí, bendita blasfemia, responde el
revolucionario; blasfemia creadora; blasfemia vidente, blasfemia
sabia; blasfemia justa. La blasfemia puso sus manos en los altares y
los tronos de la tierra, y los hizo pedazos; la blasfemia se elevó
al cielo donde otra corte, la celestial, imperaba y la hizo añicos
con la razón dejando en su lugar soles magníficos cuya composición
química nos dio a conocer; la blasfemia rompió el freno con que la
ignorancia tenía fija a la Tierra en un punto del espacio y la echó
a rodar en su elipse gloriosa alrededor del Sol; la blasfemia
arrancó el rayo de las manos de Júpiter y lo redujo a prisión en la
botella de Leyde, e infatigable y audaz la blasfemia, después de
haber llegado al cielo y derribado dioses; después de haber
encadenado las fuerzas ciegas de la naturaleza; después de haber
descubierto la impostura del derecho divino de los llamados señores
de la Tierra; después de haber escudriñado los mares de la Tierra;
después de haber escudriñando los mares hasta encontrar el
protoplasma, o sea la más pequeña raíz del árbol zoológico cuyo más
bello fruto es el hombre, se levanta serena, con la serenidad
augusta de la Ciencia, para formular ante el Capital esta sencilla
pregunta: ¿por qué reinas?
Obreros de la Revolución: cultivad de irreverencia.
"Regeneración", 17 de septiembre de 1910
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