| Los habitantes del estado de Morelos, así como los del sur
de Puebla, de Michoacán, Jalisco, Yucatán y otros estados en que
vastas extensiones territoriales han sido invadidas pormultitudes
proletarias que se han dedicado desde luego a cultivarlas,
demuestran al mundo entero, con hechos, que no se necesita una
sociedad de sabios para resolver el problema del
hambre.
Para llegar al resultado práctico de la toma de posesión de
la tierra y de los instrumentos de trabajo en México, no se ha
necesitado de "líderes", de "amigos" de la clase trabajadora, ni han
hecho falta "decretos paternales", "leyes sabias", ni nada de eso.
La acción lo ha hecho y lo sigue haciendo todo. México marcha hacia
el comunismo más aprisa de lo que esperábamos los más exaltados
revolucionarios y el gobierno y la burguesía se encuentran ahora sin
saber qué hacer en presencia de hechos que creían muy lejanos
todavía de que se realizasen.
No hace aún tres meses que Juan Sarabia, en una extensa y
fastidiosa carta abierta dirigida a mí y que fue publicada por casi
toda la prensa burguesa de México, me decía que la clase trabajadora
no entendía lo que predicamos y que el pueblo estaba satisfecho con
la conquista de la revuelta de Madero: la boleta electoral. Los
hechos van demostrando que no somos unos ilusos los liberales y que
luchamos convencidos de que nuestra acción y nuestra propaganda
responden a las necesidades y al modo de pensar de la clase pobre de
México.
El pueblo mexicano odia por instinto a la autoridad y a la
burguesía. Todo aquel que haya vivido en México se habrá cerciorado
de que no hay individuo más cordialmente odiado que el gendarme; que
la palabra "gobierno" llena de inquietud a las personas sencillas;
que el soldado, en todas partes admirado y aplaudido, es visto con
antipatía y desprecio; que toda persona que no se gana el sustento
con el trabajo de sus manos, es odiada.
Esto es ya más que suficiente para una revolución social de
carácter económico y antiautoritario; pero hay
más. En México viven unos cuatro millones de indios que hasta hace
veinte o veinticinco años vivían en comunidades, poseyendo en común
las tierras, las aguas y los bosques. El apoyo mutuo era la regla en
esas sencillas comunidades, en las que la autoridad sólo era sentida
cuando el agente de recaudación de rentas hacía su aparición
periódica o cuando los rurales llegaban en busca de varones para
hacerlos ingresar por lafuerza al ejército. En estas comunidades no
había jueces, ni alcaldes, ni carceleros, ni ninguna polilla de esa
clase. Todos tenían derecho a la tierra, al agua para los regadíos,
al bosque para la leña y a la madera para construir los jacales. Los
arados andaban de mano en mano, así como las yuntas de bueyes. Cada
familia labraba la extensión de terreno que calculaba ser suficiente
para producir lo necesario, y el trabajo de escarda y de levantar
las cosechas se hacía en común, reuniéndose toda la comunidad hoy
para levantar la cosecha de Pedro, mañana para levantar la de Juan y
así sucesivamente. Para fabricar un jacal, ponían manos a la obra
todos los miembros de la comunidad.
Estas sencillas costumbres duraron hasta que, fuerte la
autoridad por la pacificación completa del país, pudo garantizar a
la burguesía la prosperidad de sus negocios. Los generales de las
revueltas políticas recibieron extensiones de terrenos; los
hacendados ensancharon los límites de sus feudos; los más viles
politicastros obtenían como baldíos terrenos inmensos, y los
aventureros extranjeros obtuvieron concesiones de tierras, bosques,
aguas, de todo, en fin, quedando nuestros hermanos indios sin un
palmo de tierra, sin derecho a tomar del bosque ni la más pequeña
rama de un árbol, en la miseria más abyecta, despojados de todo lo
que era de ellos.
En cuanto a la población mestiza, que es la que forman
la mayoría de los habitantes de la república mexicana, con excepción
de la que habitaba las grandes ciudades y los pueblos de alguna
importancia, contaba igualmente con tierras comunales, bosques y
agua libres, lo mismo que la población indígena. El apoyo mutuo era
igualmente la regla; las casas se fabricaban en común; la moneda
casi no era necesaria, porque había intercambio de productos; pero
se hizo la paz, la autoridad se robusteció y los bandidos de la
política y del dinero robaron descaradamente las tierras, los
bosques, todo. No hace aún cuatro años, todavía podía verse en los
periódicos de oposición que el norteamericano X, o el alemán Y o el
español Z, habían encerrado a una población entera en los límites de
"su" propiedad con la ayuda de la autoridad.
Se ve, pues, que el pueblo mexicano es apto para llegar al
comunismo, porque lo ha practicado, al menos en
parte, desde hace siglos, y eso explica por qué, aún cuando en su
mayoría es analfabeto, comprende que mejor que tomar parte en farsas
electorales para elevar verdugos, es preferible tomar posesión de la
tierra, y la está tomando con grande escándalo de la ladrona
burguesía.
Ahora sólo resta que el obrero tome posesión de la fábrica,
del taller, de la mina, de la fundición, del
ferrocarril, del barco, de todo, en una palabra; que no se
reconozcan amos de ninguna clase y ese será el final del presente
movimiento.
¡Adelante camaradas!
Ricardo Flores Magón Regeneración, 2 de
septiembre de 1911 |