Discurso pronunciado por el
representante del general Emiliano Zapata, Sr. Antonio Díaz Soto y
Gama, ante un concurso de fuerzas revolucionarias congregadas al
efecto, en el cuartel general, para celebrar recientes triunfos
alcanzados sobre los carrancistas.
Las revoluciones se hacían entes en la
República, por conquistar empleos o por cambiar de tiranos. Eran
luchas de ambiciosos contra ambiciosos, de gente harta de gozar
contra individuos ansiosos de enriquecerse. Los que nunca habían
disfrutado de honores ni sueldos, o habían dejado de poseerlos,
querían arrebatárselos a los que los tenían, logrando corromper tres
o cuatro generales y sublevar a una parte del ejército, organizaban
"levas", prometían mucho, adulaban alas multitudes, ofrecían la
felicidad para todos, y al triunfar cometían invariablemente los
mismos abusos que habían censurado en los gobiernos anteriores, y
dejaban a la nación en peor estado que antes.
Por eso el pueblo veía pasar los planes
políticos y los códigos regeneradores, las revoluciones y los
gobiernos, sin entusiasmares y sin conmoverse. ¿ Para qué ? Ellos,
los hijos del pueblo, no habían de ser diputados, ni senadores, ni
ministros, ni presidentes de la República, no habían de figurar en
la corte ni vivir del presupuesto, ni para ellos debían ser los
festejos ni los banquetes. Allá los otros, los señoritos, los que
querían sacar ganancias a río revuelto, encumbrarse rápidamente,
hacer fortuna, mandar y ser obedecidos; allá ellos que hicieran la
propaganda y levantaran las tropas y expusieran la vida, si tal cosa
les agradaba. Él, el hombre de trabajo, quedaba en casa ( a no ser
que la leva brutalmente lo arrancase allí ) e indiferente hacia todo
y para todos, despreocupado, triste a veces, irónico otras, veía
correr el torrente revolucionario, oía hablar de libertades, de
justicia, de grandes principios y de grandes palabras, que todo el
mundo olvidaba al día siguiente para hundirse en la orgía del
presupuesto y dedicarse ala inevitable alianza con los militares,
con los hacendados y los poderosos.
¿ Porqué hoy las cosas han variado ? ¿
Porqué el hombre del pueblo tiene fe ? ¿A qué misteriosa causa
obedece el fenómeno de su resurrección ? ¿ Porqué hace siete años
que el campesino se agita, esgrime el fusil, prepara emboscadas, y
antes de pensar en rendirse, prefiere llevar en las montañas la
azarosa existencia del héroe, la vida agitada y épica del
guerrillero legendario ?
La raza indígena, tan sufriente y
escéptica que parecía con la fe perdida par siempre, sin entusiasmo
para el presente y sin esperanza para el porvenir, ha despertado
gloriosamente.
Los campesinos, los siempre sufrientes,
los que aparentaban estar muertos para la acción y par el progreso,
se han erguido como grandes luchadores. Ha sido una alborada de
libertad.
Los humildes sacuden su apatía, los
eternamente dóciles empiezan a volverse rebeldes, los postergados
desafían a los amos, los esclavos de ayer vencen y castigan a los
poderosos; los cobardes de la Conquista son los héroes del derecho
humano.
El milagro se debe a que allá, en lo
alto en Villa de Ayala, surgió de pronto la señal esperada, ardió
súbitamente la sacra hoguera de la raza, apareció gloriosa y sin
mancilla, visible para todos los desheredados y luminosa para todas
las miserias, la gran bandera jamás antes de ahora enarbolada, que
simboliza para los oprimidos el pasado, el presente y el porvenir;
la bandera del pueblo, la bandera del campesino, la inmortal bandera
que anuncia Tierra y Libertad
El pueblo vio claro. era lo que esperaba
desde hacía siglos, lo que en un momento le ofreció el cura Hidalgo,
lo que no cumplió la Independencia, ni realizó la Reforma, lo que
antes y después han olvidado todos los gobernantes. Lo que el
necesitaba era tierra para sí, la tierra libre, sin capataces y sin
amos.
Y al ver que quien la prometía era uno
de los suyos, un Zapata, un postergado, un rebelde, un campesino, el
pueblo tuvo fe y se insurreccionó gallardamente.
El campesino no quiere ya los dos reales
de jornal, ni los robos de la tienda de raya, ni los desprecios, ni
los insultos, no quiere ya la miseria, ni la falta de vestido, la
ración de hambre, la mala habitación, las largas noches de frío, las
enfermedades y la rudeza de la intemperie para sí y para los suyos.
No permite ya, ni tolerará en lo futuro, que las riquezas arrancadas
a la tierra, sean para el amo,, que no trabajó, ni sembró, ni cuidó
la sementera, ni benefició la milpa, ni levantó la cosecha, sino que
exige y con razón, que la tierra, los granos, las ricas mazorcas,
las sabrosas legumbres, la leche apetitosa, la carne suculenta, los
alimentos que dan fuerza y vida, sean para él, que es el productor,
y no para el hacendado que es el holgazán.
Y el pueblo triunfará; tendrá lo que
merece, lo que nunca ha tenido : pan y libertad, tierra y
justicia.
Por eso el pueblo ama y defiende el Plan
de Ayala; y por eso marcha, sereno y firme, sin que nadie lo
detenga, en la dirección que le marcan su misión de revolucionario y
su deber de hombre libre.
Tlaltizapán, Morelos, junio de
1917
Regeneración n. 260, Octubre 6 de
1917
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