| Desde el escaparate de la tienda, la torta de pan contempla el
ir y venir del gentío anónimo. No son pocos los que, a través de la
vidriera, la arrojan miradas codiciosas, como que su dorada costra
luce como una invitación al apetito, tentando al pobre a violar la
ley.
Hombres y mujeres, viejos y niños, pasan y repasan a lo largo de
escaparate, y la torta se siente mordida por mil miradas ávidas, la
miradas del hambre, que devoran hasta las rocas,
A veces la torta se estremece de emoción; un hambriento se
detiene y la mira, ardiendo en sus ojos una chispa expropiadora.
Alarga la mano...; pero para retirarla vivamente, el frío contacto
del cristal le apaga la fiebre expropiadora, recordando la Ley ¡no
hurtarás!
La torta, entonces, se estremece de cólera. Una torta de pan no
puede comprender cómo es que un hombre que tiene hambre no se atreva
a hacerla suya para devorarla, con la naturalidad con que una
acémila muerde el haz de paja que encuentra a su paso.
La torta piensa:
-El hombre es el animal más imbécil con que se deshonra la
Tierra. Todos los animales toman de donde hay, menos el hombre. ¡Y
así se declara él mismo el rey de la creación! Heme aquí intacta,
cuando más de un estómago ordena a la mano irresoluta que me
tome.
El gentío pasa y repasa a lo largo de la vidriera devorando, con
los ojos, la torta de pan. Algunos se detienen frente a ella, lanzan
miradas furtivas a derecha e izquierda... y se marchan a sus hogares
con las manos vacías, pensando en la Ley: ¡no hurtarás!
Una mujer -la imagen del hambre- se detiene, y con los ojos
acaricia la costra dorada de la torta de pan. En sus brazos
escuálidos lleva un niño, escuálido también, que chupa ferozmente un
pecho que cuelga mustio como una vejiga desinflada. Esa torta es lo
que necesita para que vuelva a sus pechos la leche ausente...
En sus bellas pestañas tiemblan dos lágrimas, amargas como su
desamparo. Una piedra, al contemplarla, se partiría en mil
pedazos... menos el corazón de un funcionario. Un gendarme se
acerca, robusto como un mulo, y, con voz imperiosa, ordena:
"Circulad!," al mismo tiempo que la empuja con la punta del bastón,
siguiéndola con la vista hasta que se pierde, con su dolor, en medio
del rebaño irresoluto y cobarde...
La torta piensa:
-Dentro de unas horas, cuando ya no sea yo más que una torta de
pan viejo, seré arrojada a los marranos para que engorden, mientras
miles de seres humanos se oprimirán el vientre mordido por el
hambre. ¡Ah! los panaderos no deberían hacer más pan. Los
hambrientos no me toman porque tienen la esperanza de que se les
arroje un pedazo de pan duro en cambio de su libertad, trabajando
para sus amos. ¡Así es el hombre! Un pedazo de pan duro para
entretener el hambre es un narcótico que adormece, en los más la
audacia revolucionaria. Las instituciones caritativas, con las
piltrafas que dan al hambriento, son más eficaces para matar la
rebeldía que el presidio y el cadalso. El "pan y circo" de los
romanos encierra un mundo de filosofía castradora. Cuarenta y ocho
horas de hambre universal, enarbolarían la bandera roja en todos los
países del mundo...
La mano del dueño, que tomó la torta con destino a los marranos,
puso un "hasta aquí" a los pensamientos subversivos del pan.
De "Regeneración" del número 222, fechado el 22 de enero de 1916
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