SALÓ
Largometraje
de Pier Paolo Pasolini”
(1975)
CINERGIA
- Columna del Cine-Club “Jean Vigo”
por Boris Tabaré
Diciembre de 1975: en los campos que
rodean las pistas de aterrizaje del aeropuerto de Roma se encuentra tendido,
sin vida, el cuerpo, probablemente ensangrentado, de Pier
Paolo Pasolini; poeta (“El llanto de
Vilipendiado por
comunistas, dada su asumida homosexualidad y su sincero -aunque heterodoxo-
catolicismo, y odiado por católicos dada su doble condición de homosexual y comunista. Acaso quienes
menos motivos de aversión tendrían para con él serían los homosexuales, no
obstante lo cual hay quien quiso ver en su asesinato no otra cosa que la
venganza de un amante despechado. Lo cierto es que Pier
Paolo Pasolini pertenecía a la casta de los hombres
perpetuamente extranjeros. No buscaba escandalizar ni ganarse el odio de sus
contemporáneos; simplemente iba en pos, con absoluto rigor y congruencia, de su
imperativo humano.
Recurrió Pasolini, en su labor cinematográfica, a temas literarios
diversos -Chaucer, Boccaccio-
siempre adaptándolos a su controversial visión. Para “Saló”, el texto que le
servirá de excusa será la quizá más bizarra novela del Marqués de Sade: “Los 120 Días de Sodoma”.
La refinada y delirante perversidad de Sade serán un vehículo para que Pasolini
nos comparta su terrible testimonio poético sobre una de las épocas más
obscuras del ser humano. Se trata de una metáfora no solamente de la criminal
ignominia que significó el régimen fascista italiano de la primera mitad del
siglo pasado, sino de toda la degradación moral consustancial al ejercicio de
un poder absoluto.
Cuando el delirio del
poder lleva a los niveles últimos de la degradación ajena -luego viene la
degradación propia-, tales como las terribles escenas de coprofagia
que habremos de soportar en la película, es sólo cuestión de tiempo para ver al
tirano dejarse llevar por su apetito asesino, su voluptuosa crueldad. Esa
sensualidad para infringir dolor físico y moral al prójimo no son sino las
últimas manifestaciones de la impotencia del que se sueña poderoso frente a su
infinito aburrimiento. Esta película es excelente motivo para recordar la
verdad histórica de que, a despecho del
admonitorio Nietzche y en favor de las tesis del
psicoanalista Alfred Adler,
el poder absoluto ha resultado el platillo más apetecible para las almas más
enfermas y desequilibradas.
Al ver esta tremenda
obra, una de las más turbadoras de la historia del cine, no me es posible
desistir de aventurar un paralelismo con un hecho que nos atañe gravemente.
¿Quién descartaría que el catálogo de atrocidades que nos muestra Pasolini, cometidas contra los cuerpos y mentes de jóvenes
campesinos italianos por poderosos jerarcas fascistas, no podría resultar una
pintura más o menos fidedigna de esas otras atrocidades, en absoluto
metafóricas sino horrendamente reales, que en este momento preciso en que yo
escribo y tú lees, están siendo cometidas contra jovencitas de cabello largo y obscuro en Ciudad
Juárez? ¿Entre qué casta de poderosos, adinerados y hastiados enfermos
mentales habría que buscar a los protegidos autores de tal monstruosidad? Sabemos
que el arte suele brindarnos elementos para interpretar la realidad. Al mostrarnos
su “Saló”, Pasolini nos reafirma en nuestras
sospechas.