Nací
en Vilanova i la Geltrú en Cataluña, España, el 15 de abril de 1906. Mi
padre, de nombre Ricardo como yo, había nacido también allí, y mi madre,
Francisca, en San Martí Sarroca, Un pueblo catalán de la comarca del
Penedés.
Vilanova era una población de tradiciones
muy liberales. En política, por ejemplo, en época de la monarquía casi
siempre ganaban los republicanos. Gente de muy poco carácter de lucha,
pero que estaban por la República.
Fui a una escuela de párvulos y después
estuve con un profesor. Pero era muy rebelde y me expulsaron. Mi madre
terminó metiéndome a las escuelas Pías, a los escolapios, donde había dos
secciones: una para ricos y otra para pobres.
Yo tenía tendencia a irme de
pinta, calculadamente, digamos. Había oído decir a mis padres que era malo
pegar a los niños de noche. Entonces, cuando faltaba a la escuela no
regresaba sino hasta que obscurecía. En las correrías estas, aprovechaba
para cumplir una vocación que creo se despertó en cuanto salí del vientre
de mi madre. Cuando tardaba en llegar y ellos, preocupados, iban a
buscarme, me encontraban leyendo bajo un farol. Siempre leía. Siendo un
poco mayor, sólo un poco, me iba a devorar libros a la Biblioteca Museo
Balanguer. Algunos no los daban a los niños, pero como yo a los catorce
años pesaba ya ochenta kilos los conseguía.
Allí me tragué todas las obras de Emilio
Zolá, que influyeren mucho en la elaboración de mi pensamiento. También
Las Aventuras de Rocambole. Los Miserables, de Victor Hugo,
Los Trabajadores del Mar, El Hombre que Ríe y literatura de este tipo
Y es que desde muy pequeño me
preocupaba el tema de la injusticia. Recuerdo que estando en las escuelas
Pías, a los seis o siete años, cuando mucho, reflexionaba sobre las cosas
injustas que veía. No pasaba día, por ejemplo, sin que los curas
escolapios nos hablaran de la bondad de Dios, de que no se movía una hoja
de árbol si no era por su voluntad. etcétera. Y cuando salía de la escuela
veía que en la ciudad había dos niños con parálisis infantil (que entonces
no la llamaban así). 0 escuchaba que la gente se mataba en la Primera
Guerra Mundial. Entonces llegué a la conclusión de que si había un ser
todopoderoso que no evitaba la parálisis de los niños y que la gente se
matara tenía que ser un monstruo y yo debía ser su enemigo. Nunca pude
entender por qué se me despertaron estos pensamientos tan pronto, antes de
asimilar un código moral. La única explicación es que era una cosa natural
en mi.
Como sea, desde entonces entré
en una concepción atea y todo lo quo me obligaban a hacer los escolapios,
lo hacía sin sentir. Me obligaban a confesarme, y yo repetía como un
disco. "He dicho mentiras, he hecho enojar a papá y mamá y algunas veces
he peleado". Después hacía la comunión, te indicaban rezar tantos Padres
Nuestros y tantas Aves Marías, para salvar tu alma, y yo no creía en nada
de eso. Es decir, que ya desde entonces interpreté que en la religión
oficial había una contradicción fundamental. Aunque, claro, el análisis no
era tan concreto, era instintivo.
Después, a los once años más o
menos. leí un libro, La verdadera vida de Tolstoi, creo que se
llamaba, en el que se reflejaban las mismas cosas que yo había concebido,
y me hice "tolstoiano" sin conocer a Tolstoi. Aunque en Tolstoi había un
concepto panteísta de la divinidad, que yo no entendía. No lo entendía
entonces y no lo entiendo hoy.
Yo era muy rebelde, pues, y
hacía muchas cosas que no tiene caso contar. Hay sólo una que no quiero
pasar. Un día vi a un cura que se meaba detrás de una puerta, porque tenía
algún problema en la próstata o algo así. Y se le ocurrió acusar a un
muchacho en medio de la clase. Yo pedí la palabra y dije "el que se mea
detrás de la puerta es usted". Madre mia, me echó fuera de la escuela y mi
madre me agarró de la oreja, me llevó de regreso y se puso de rodillas
ante éI, pidiéndole perdón. Yo reaccioné: 'Mamá, no quiero que te
arrodilles delante de esta bestia".
Una de las cosas en las que estaba mejor
era en la lectura. Entonces los curas me ponían en una rueda de muchachos
a leerles. Pero como había cierta independencia en esto, les contaba
cuentos picarescos en los que los principales protagonistas eran los curas.
Un día estaba contándoles uno de estos cuentos, sin darme cuenta de que el
padre Piera estaba detrás de mi.
A pesar de estas rebeldías, un
día, sorprendentemente, llaman a mi madre proponiéndole pagarme la carrera
de cura. Yo me defendí con argumentos infantiles: "A mi me gusta ir al
cine (que era algo que los curas no hacían, porque iban de uniforme) y no
me gusta lo que se meten en la nariz". Yo había visto que el padre Piera ,
muy simpático, por cierto, "inhalaba" rapé porque tenía una enfermedad del
sueño, y asocié que esto también era cosa de los curas. Así que dije que
yo no quería meterme el polvo ése en la nariz. Ahí terminó la idea de que
entrara en la carrera.
Por aquel tiempo, aún con la
bata de colegial, aunque no tenía la edad, me dejaron trabajar en una
fábrica, para aprender el oficio de tejedor. Apenas me acuerdo, pero sí
que tuve que aprender a hacer el nudo del tejedor y una serie de cositas
de esas y que llegué a llevar dos telares. Entonces mi madre me puso de
aprendiz de carpintero ebanista, que me irritaba mucho, porque la sierra
era un problema y haciendo cuñas con un formón tuve una herida.
Tenía 13 años y ya habla
entrado en contacto con elementos de la CNT (la central obrera
anarcosindicaIista que era muy fuerte en Cataluña y en otras muchas partes
de España). En pleno Lock out, en plena huelga patronal, me invitaron a
una reunión clandestina. La Guardia Civil llegó y nos agarró a todos: unos
veinte o veinticinco cenetistas viejos y jóvenes. Un soplón nos había
denunciado a un oficial. Nos registraron y nos dejaron ir, sin más.
Yo ya conocía a la
organización porque mi padre pertenecía al sindicato de la Pirelli, en la
que llegó a ser encargado de la sección de cables. Iba los domingos al
sitio del sindicato, a cotizar, a pagar la cuota, y a veces a recoger
Solidaridad Obrera. el periódico sindical.
Cuando ya era aprendiz, iba de
noche a una escuela que regenteaba un primo lejano mío. Él había estado
una temporada de maestro en los escolapios y me había dado clases allí. (Continuará)