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MESTRE EN MÉXICO

Alain Derbez

Faltaban 10 minutos para las cinco de la tarde de aquel 17 de julio caluroso (¿en qué cayó ese día?, ¿cómo era la vida cotidiana en el puerto?, ¿cuál la respuesta de la población local al enterarse, horas antes, leyendo El Imparcial y comentando la noticia para nutrir el rumor con matices distintos, que un nuevo barco con refugiados a punto estaba de atracar?) cuando fondeó el Ipanema en el lado norte del muelle veracruzano.

(¿Volvió alguna vez Mestre a Veracruz?, ¿es posible imaginarlo indicándole a su hija Silvia ese cierto punto donde años atrás su madre y él miraron de nuevo a Simón Radovitsky, quien había llegado antes a las tierras jarochas del refugio: "ahí lo vimos montado en esa barca y saludándonos entusiasmado; más allá estaba otro navío, el buque republicano Manuel Arnús, y por ahí estaba la banda que tocó el himno de Riego y el himno mexicano, y algunos marinos y trabajadores de los muelles y muchos curiosos; y alguien en su ilusión desde cubierta quería ver sobre todo ello, acaso reflejando su helada majestad sobre las aguas grises del Golfo de México, el volcán de Orizaba del que se había hablado poco antes de llegar al mar de los Sargazos, cuando nos juntábamos a escuchar a quienes algo decían saber sobre el país que habría de recibirnos?).

¿Y qué sabías de México?, le pregunté a Ricardo muchos años después. Pues sabía lo que todos, respondió: de la Revolución y de Flores Magón, y lo que había escrito Abad de Santillán y claro, de Cárdenas y nuestra gratitud.

Ha transcurrido casi un mes desde la salida de Pauillac, un puerto petrolero dependiente de Burdeos. No falta mucho para que los nazis hagan su arribo violento a la historia de esta Población, pero aún no se habla demasiado de ello. ¿En que distraen sus pensamientos los que miran las costas de Francia que se pierden? ¿Acaso en la esperanza? ¿Qué piensa Ricardo ahora que escucha esta música en Veracruz, el que años después condenaría los himnos por considerarlos cantos de muerte, él que, aunque pacifista exacerbado, tarareaba Bandera Negra al llegar a Gerona? ¿Se ha cantado algún himno a bordo durante el largo viaje? lndaguémoslo en el libro que Ricardo le ha editado a su mujer, Silvia Mistral, un año después de hacer su arribo al país donde habrá de morir 58 años más tarde: el jueves 13 de febrero del 97. El título es Éxodo, diario de una refugiada española, el prólogo de León Felipe y fue impreso por Ediciones Minerva en 1940.

Minerva era también el nombre del quiosco de periódicos que Ricardo tenía en la catalana población de Vilanova La Geltrúa. Pero fue años atrás: ¿quién creería en ese entonces que habría guerra civil, que vendrían la derrota, el viaje a la frontera del exilio, el campo de concentración francés, el humillante trato de algunos comisarios de la fatalidad que habrían de decidir sí embarcabas o no?... Si, Silvia da cuenta del himno de Galicia que algunos marinos entonan cuando alcanzan a divisar lo que se adivina como el Cabo Finisterre. Los vascos han formado un coro, los catalanes cantan L 'Emigrant. El cant de la Senvera, las canciones de la emoción y la nostalgia: Leamos: "En esta segunda expedición a México (el primer barco, donde Silvia, le había anunciado debía viajar junto a otros de sus compatriotas cubanos, fue el Sinaia) va de todo: obreros, marinos, intelectuales, artistas, profesores, campesinos y un elevado tanto por ciento de burocracia". Ricardo me platica del 33 proporcional. Así se había convenido: 33 por ciento de republicanos, 33 de comunistas. 33 de libertarios y otros. Así debió de haber sido la composición de quienes embarcaron. Así no fue. Muchos esperanzados tuvieron que quedarse en la orilla. A pesar de los ofrecimientos de Cárdenas. Algo describe Silvia: "Me han rechazado, todo porque dije la verdad: que no era negrinista, que no apoyaba a Negrin, como la mayoría de los trabajadores españoles y que, considerando que no iba a su país a hacer política, sino a trabajar, era absurdo que se me hiciera tal pregunta.

Añadí que no podía juzgar la actitud de la Junta de Defensa porque no había vivido los hechos e ignoraba las verdaderas causas que condujeron a su creación, aunque las suponía, y volví a repetir que todo eso me parecía ilógico. No se me preguntó si era competente en mi oficio. ni se averiguó que tenía esposa e hijos que salvar de la miseria". Ricardo ha puesto en su ficha que es periodista y que es chofer. Si lo interrogan contestará que en su pueblo ha dirigido el periódico La Estela. No hablará del diario Cataluña de Barcelona. de los artículos del órgano de la libertaria C.N.T. No se trata de mentir, se trata de ocultar verdades que a los nuevos viejos inquisidores. los nuevos viejos enemigos políticos parezcan escandalosas... Pero no hay necesidad.

Después de seis meses en el campo de concentración de Argelés, Ricardo está en el barco editando a mano, en medio del Atlántico, un periodiquito alternativo al Ipanema oficial. El nombre es La ruta de las anguilas.

¿Cómo era la vida en el campo de concentración? Ricardo no me ha querido dar muchos detalles. Leo para enterarme Los olvidados, un libro de Antonio Vilanova: "Sufrimos hambre, bebimos agua salobre, vestimos girones de ropa. no nos proporcionaron la menor medida de higiene, los médicos y las medicinas brillaban por su ausencia. y los enfermos y heridos veían agravarse sus dolencias sin remedio, la comida que se nos daba era de nuestra intendencia, el orden era guardado por nosotros mismos. Los franceses se limitaron a apalearnos al principio y a vigilarnos después... El campo de Argelés no se diferenciaba mucho del de Saint-Cyprien. Quizá en él hubo un poco más de orden por estar dividido en campo civil y campo militar, separados ambos por el cauce seco de un arroyo, pero también en él había miseria, hambre y enfermedades.

A Ricardo le han enviado el aviso de que puede partir, de que tiene que viajar a Trompeloup y a Burdeos, de que hay un barco esperándolo con rumbo a México. Pero alguien ha retenido el papel, alguien se lo ha escondido algunos días nada más, los suficientes. Por fortuna un compañero se da cuenta y le da aviso. Ricardo toma el tren a Buenavista. Llega a la Ciudad de México luego de que una hélice rota ha obligado a que el barco se detenga en la Martinica. Un año después vive en las calles de Balderas. Ahí es donde le han tomado esa fotografía donde camina al lado de Simón Radovitsky. Este ha cambiado su nombre por el de Raúl Gómez. Ambos están en México. Ambos morirán en México. Ambos vivirán en México.