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Liberación de un conejo en Buenos Aires. Todo era agobio aquella mañana. Agobio en el aire pesado y caliente, agobio en nuestro ánimo, a esa hora en que el almuerzo inminente cuenta más que cualquier otra cosa. Agobio de sol vertical sobre los vidrios de nuestro auto, agobio en nuestras nucas, agobio en mis manos al volante y en mi mirada fija al frente. Tráfico por doquier. Y una inmediata sospecha que nos topó como un escalofrío: ¿cuál no sería el agobio de aquellos arracimados conejitos blancos que de pronto aparecieron a nuestros ojos al costado de la avenida, inermes en una jaula que apenas era capaz de albergar su tamaño, privados de agua y alimento, lastimando sus hocicos sobre el óxido de un alambre mal cuidado, torturados por una temperatura inclemente? Nada cambiaría de haberse tratado de una jaula reluciente, pues el agobio moral que nos embargó en ese momento habría sido el mismo: agobio e indignación de contemplar una pequeña porción de universo que estaba donde no debía, y una comerciante de animales que buscaba su ganancia en donde no debía buscarla. Nos miramos con mi compañera y todas las palabras estaban de más... Ni el calor, ni el cansancio, ni la costumbre de ver consumado este atropello en plena ciudad "civilizada" eran válidos pretextos para la inacción, que es como decir la eterna inercia de los cretinos. Aparcamos a la vera de la tienda de mascotas, que es como decir a la vera de la ignominia, y jamás había visto yo tan pronta y enérgica a mi compañera como en aquel instante, memorable para ambos de ahora en más... He visto rayos más lentos que aquella mujer, y comandos menos exactos en ejecutoria y precisión de movimientos. Un abrir y cerrar de ojos y estaba junto a aquella ominosa jaula, mientras yo, convertido en un manojo de nervios, aguardaba con el motor en marcha, anticipándome con mi mente y con mis ojos a todo lo posible y a todo lo probable. La menor desconcentración, la mínima contingencia y todo quedaría en la nada. La jaula ya estaba abierta y mi impertérrita compañera se salía con la suya a pocos metros de la distraída dueña del local, confiada ésta en que no hacen falta candados para las jaulas cuando la ley protege el lucro mal habido. Por increíble que me hayan parecido en aquel momento tantas coincidencias favorables, tras un santiamén ya no éramos sólo dos en el auto... pero era uno menos en aquella jaula de la vergüenza. El copito de algodón, ahora tan cerca de mí, justifica con sus ganas de vivir nuestra pequeña aventura.
Pudo haber sido guiso, cuerpo inane, juguete de chicos rabiosos, o sombra extenuada en la misma jaula de donde tuvimos el inefable gusto de sustraerlo. Y lo más asqueroso de este sistema de opresión legal de animales es que no hace falta ser un asqueroso para medrar en él. Lo más terrible es que aquella dueña de aquel local es, posiblemente, una buena persona, como suelen serlo nuestros padres o madres a la hora de trozar un pollo navideño. FLA - Frente de Liberación animal, Célula Buenos Aires <<< volver noticias |
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