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Vindicación de José Pellicer (Actualizada) En el cementerio de Paterna están enterrados los hermanos Pellicer. En la lápida del nicho de José, su hija hizo grabar la siguiente inscripción: “Sólo la acción tenaz en pro de la verdad ennoblece una vida”. La cita reproduce libremente un pensamiento del investigador Ramón y Cajal y revela perfectamente el secreto de la vida de un hombre justo, de un anarquista revolucionario, a saber, la búsqueda de la verdad. Pues la palabra que mejor describe a José Pellicer (nacido en El Grao de Valencia en 1912 y fusilado por la dictadura franquista en 1942) es la de revolucionario, calificativo relacionado con un estatus de prestigio que en la actualidad resulta de difícil comprensión, ya que hoy la fama va ligada a la imagen más que al ejemplo y el valor de un hombre es determinado por su cotización en el espectáculo más que por el coraje o la integridad. Si dejamos hablar a los hechos, José Pellicer pertenece a la estirpe de los grandes hombres, aquellos que han querido acabar radicalmente con la injusticia y la explotación para encontrar la verdad que alentaba su espíritu, oculta tras la miseria social engendrada por el dominio burgués. Su trayectoria al servicio de la revolución proletaria es suficientemente ilustrativa. Su adhesión a la causa revolucionaria fue tanto más sentida y verdadera por cuanto no estaba basada en motivos económicos, siendo de una familia con medios. Se hizo anarquista por idealismo; su entrega fue siempre altruista, pagando con su persona y buscando la dignidad de los débiles y oprimidos en el combate contra los poderosos y opresores. Ejemplar como hombre de acción y como hombre de ideas, Pellicer alcanzó el rango de figura histórica al representar su persona la adecuación ideal entre el pensamiento emancipador de la clase oprimida y la lucha efectiva por su liberación. Fué atraído por el anarquismo en fecha temprana, a los diecisiete años. En 1931 era secretario del Ateneo de Divulgación Anarquista de Valencia, dedicado al fomento de las ideas y a la formación de los trabajadores. Su labor y valía le hicieron destacar entre los anarquistas valencianos, ya que representó al Comité Regional de la Federación de Grupos de Levante en el Pleno Peninsular celebrado en Barcelona a finales de julio de 1932. Trabajaba como contable en las Bodegas Castillo de Liria, fundadas por su abuelo, desde donde impulsó huelgas, incluso en la propia empresa familiar. Se afilió a la CNT ese mismo año como mecanógrafo, en el Sindicato Mercantil. Su militancia revolucionaria fue incesante; participó en todas las luchas insurgentes de su tiempo, padeciendo por ello persecución y cárcel. En 1933, cuando fue llamado a filas no se presentó, siendo declarado prófugo. Marchó entonces a París y después a Marruecos, desde donde volvió de nuevo a París. Como no le gustaba ver los toros desde la barrera, regresó a Valencia, siendo detenido y llevado al penal de Lleida. Pedro Flores relata que por octubre de 1934 se encontraba en el cuartel del Carmen, de Manresa, donde había organizado un grupo. Durante la huelga insurreccional de octubre, Pellicer sublevó a la guarnición. Al fracasar la insurrección fue detenido y más tarde juzgado por un tribunal militar en Castellón, que le condenó a la deportación. El abogado Antonio Reina Gandía, un familiar influyente, le sacó del barco que le debía llevar a Villa Cisneros. Hasta el 19 de julio se pasó el tiempo entrando y saliendo de prisión. No podemos confirmar si participó en expropiaciones como otros han dicho, para ayudar económicamente a los presos, aunque no era ésta una práctica ajena a los hombres de acción, pero sí que contribuyó a la fuga de compañeros presos diseñando un túnel que aquellos construyeron. Sobran méritos para honrar su memoria: también su militancia en el grupo “Nosotros” de la FAI, o su actividad en los comités de defensa de la CNT y, por encima de todo, su intervención en la famosa Columna de Hierro, cuya sola mención hizo temblar durante meses a cuantos partidarios habían del orden opresivo sea cual fuere su modalidad. Con apenas unos centenares hombres más armados con el entusiasmo que con el material insuficiente conseguido en el asalto a los cuarteles de la Alameda de Valencia, Pellicer, Rafael “Pancho Villa”, Rodilla, Segarra y demás compañeros libraron batalla en Sarrión y Puerto Escandón, haciendo retroceder a los fascistas hasta las puertas de Teruel. Quedó liberada del fascio una extensa zona, aliviándose la presión sobre Castellón y Sagunto. Entonces brilló no solo por su arrojo, sino por sus dotes de organizador y estratega de la revolución libertaria, tanto como empezaban a hacerlo Durruti, Máximo Franco o Francisco Maroto. Hay quien le ha calificado de Durruti valenciano, pero, aparte del rechazo de ambos a la militarización y aparte los hechos de tener a su lado a una gran mujer y de no haber muerto en la cama, el parecido entre ellos es poco. Los dos tienen personalidad propia, diferente. Durruti había recorrido un buen tramo de su vida y era una leyenda ambulante. Pellicer, en cambio, era una joven promesa que rehusaba el protagonismo. Del primero abundan las fotografías; del otro, apenas podemos hallar una imagen. El carácter que imprimieron a sus respectivas columnas es casi opuesto. La democracia combatiente quedaba en segundo plano en Bujaraloz, y era lo más destacable en la Puebla de Valverde. En “Línea de Fuego” bulle más el ideal que en “El Frente”. Durruti se dejó llevar a Madrid por la Organización; Pellicer plantó cara. Sus palabras que han podido rescatarse en pro de la unidad entre revolución y guerra, eran dagas afiladas contra el gubernamentalismo. Pudo ser un gran tribuno, pues tenía todas las facultades para ello; sin embargo, Durruti, que en cierto modo lo fue, nunca brilló por sus análisis, ni fue buen orador, aunque tampoco lo necesitaba, supliendo sus carencias con su enorme humanidad, su ánimo valeroso, y sobre todo, su magnetismo personal. Quizás Rafael “Pancho Villa”, que tenía madera de caudillo proletario, de haber vivido más, hubiera podido llegar a ser un Durruti. Pellicer; no. Pellicer era culto, teóricamente preparado, con ideas muy claras a las que sabía dar una expresión coherente e incisiva, lo que unido a su alta estatura y voz segura, imponía a quien se le aproximara. Dominaba el inglés y el francés, hablando también el idioma de la fraternidad universal, el esperanto. Quienes le conocieron y compartieron sus ideas y objetivos le reconocían una dimensión humana y un carisma nada corrientes, virtudes que resaltaban más al acompañarse de un desinterés y de una humildad admirables. Las necesitó para encabezar una columna compuesta por gente que no reconocía ninguna autoridad y para dar sentido revolucionario a su ímpetu. La Columna de Hierro enseñó dignidad a los presos que liberó de San Miguel de los Reyes. Colaboró con los campesinos de los pueblos en los que se desplegó, mostrándoles la manera de ser libres: las primeras experiencias de comunismo libertario tuvieron lugar al calor del combate de los milicianos. Más que ninguna otra, la Columna de Hierro actuó a la vez como milicia de guerra y como organización revolucionaria: levantó actas de sus asambleas, publicó un diario, pegó carteles, distribuyó manifiestos y lanzó comunicados, porque necesitaba explicar sus acciones en la retaguardia y justificar sus movimientos y sus decisiones ante los trabajadores y los campesinos. Una organización tal predica con el ejemplo y deja constancia de él. Esa fue su principal particularidad, que Burnett Bolloten rescató en su libro “El Gran Camuflaje”. Los historiadores se han portado muy mal con él por la sencilla razón de que jamás han contemplado la guerra civil como una revolución fallida, la última de las revoluciones sostenida por ideales emancipatorios, y han tratado de presentarla como un levantamiento militar y clerical contra un poder democrático legítimamente constituido. Obrando así, los historiadores tomaban partido por la República y oscurecían adrede el enfrentamiento feroz entre clases que subyacía debajo del manto político republicano. La acción independiente y revolucionaria de toda una clase histórica, el proletariado, fue ninguneada, y con ella sus mejores logros sociales y sus figuras más señeras. Incluso el dolor y sufrimiento de las víctimas fue obviado. Las fosas comunes se han abierto casi treinta años después de muerto Franco. El
interés político de los futuros dirigentes posfranquistas
requería una amnesia social y sus historiadores se la servían
en bandeja. La democracia española se edificó con el olvido. Es tan comprensible como lo anterior. El peso del pasado es demasiado fuerte para los libertarios actuales, que se desconciertan y deprimen ante sus responsabilidades históricas. Por eso se sienten cómodos con renegados patéticos como García Oliver, heroicos moderados como Juan Peiró, o huecos figurones como Federica Montseny. En un anarquismo del revés parece que los mejores hayan de ser ministros. Además, no hay que pasar por alto el hecho de que muchos cenetistas tuvieron bien poco de revolucionarios y su actuación, a la luz de la historia, resulta en efecto descorazonadora y desconcertante. Si añadimos a ello el hecho de que importantes cenetistas valencianos como Juan López y los seguidores del manifiesto de los Cinco Puntos colaboraron en los años sesenta con el franquismo, no nos extrañará que José Pellicer resulte indigerible para muchos de sus correligionarios. Sus propias virtudes le perjudicaban porque reflejaban los peores defectos de sus adversarios dentro de la CNT. La integridad y el sacrificio de Pellicer hacían más lamentables sus ambiciones y más vergonzosas sus capitulaciones. Sabido es que el movimiento libertario se encontraba profundamente dividido en cuanto a principios, tácticas y finalidades, y el Congreso de Zaragoza no consiguió zanjar la cuestión. Cuando se levantaron los fascistas el 18 de julio, rápidamente se dibujaron entre los anarcosindicalistas dos líneas de actuación antagónicas, una posibilista y contemporizadora y la otra idealista y revolucionaria. En esta estuvo Pellicer, como, dado su talante, no podía ser de otra forma. En Valencia las dos posiciones, representadas por el Comité de Huelga, sindicalista, y por el Comité de Defensa, faísta, despuntaron desde el primer día. Tras la toma de los cuarteles ambas tendencias encontraron su camino sin estorbarse; la una reconstruyó la legalidad republicana a través del Comité Ejecutivo Popular, órgano autónomo que incorporaba en clave política a la nueva realidad representada por la irrupción de la CNT y la UGT. La otra creó por un lado comités de base que pasaron a controlar fabricas y pueblos, y por el otro, organizó las columnas de milicianos que contuvieron a los militares en Teruel, Andalucía y Madrid. José Pellicer representa al empuje revolucionario de los trabajadores y campesinos valencianos; Juan López, su contrafigura, representa la habilidad política de la burocracia libertaria en ciernes, buscando aposentarse en la gestión de las parcelas de poder conquistado, especialmente en el campo económico. La tendencia contemporizadora de la CNT, mayoritaria entre los militantes valencianos, transigirá con las formas de autoridad y legalidad burguesas con tal de participar en ellas, mientras que la tendencia revolucionaria se estancará en el frente falta de armas y demás pertrechos de guerra, descubriendo una retaguardia donde todo continuaba como antes, sin el menor atisbo de espíritu revolucionario. Las justicieras expediciones de la Columna de Hierro en busca de armas en las casernas de la Guardia Civil o de la nueva Guardia Popular (cuya jefatura la compartían comunistas y anarquistas), por no hablar de la quema de archivos o de los asaltos a las audiencias, pusieron a los dirigentes colaboracionistas de la CNT en mala postura frente a los demás socios políticos. Entonces dejaron solos a los revolucionarios frente a la legalidad republicana reconstruida y armada. El resultado fue la masacre del 30 de diciembre en la Plaza de Tetuán en la que el mismo Pellicer salió herido, prefiguración bien adelantada de los hechos de Mayo en Barcelona. Treinta anarquistas fueron asesinados y más de ochenta heridos sin que los representantes oficiales de la CNT hiciesen otra cosa que lamentarlo. El comunicado del Comité Nacional a raíz de los hechos fue sencillamente vergonzoso. Los revolucionarios se vieron atrapados en el chantaje moral a que les sometía su propia Organización: si abandonaban el frente para vengarse provocarían una guerra civil en el bando republicano que iba a dar la victoria al fascismo. No quedaba sino posponer el desquite para tiempos mejores. Pero al ceder en ese punto hubieron de ceder en todos. En
la disolución de los comités, en la entrada en el gobierno
de cuatro ministros anarquistas, en el desarme de los campesinos colectivistas
y en la militarización de las columnas. No sin callarse: Pellicer
y Segarra armaron un gran revuelo al criticar en el Pleno Regional de
noviembre la vergonzosa huida del Gobierno a Valencia. El Gobierno negaba artillería, cobertura aérea y fusiles, incluso rehusaba pagar los haberes de los milicianos. Las presiones de algunos combatientes para volver a la retaguardia complicaban las cosas y un centenar se fue por su cuenta en el momento en que se reactivaba el frente de Teruel. El Comité de Guerra los consideró desertores, pero Pellicer no quiso tomar otra medida que la de expulsarles públicamente. No pensaba que era propio de anarquistas perseguir a excompañeros. Hizo un viaje relámpago a Bruselas para comprar armas. El Comité de la Columna, con Pellicer al frente, reaccionó contra la militarización convocando un pleno de columnas confederales y libertarias, pero comprobó que solamente sostenía su posición la 4ª Agrupación de la Columna Durruti y la Columna Tierra y Libertad. Los demás se habían plegado a las circustancias para salvar lo más que podía salvarse. La Organización planteó finalmente el consabido chantaje: o atemperarse o desaparecer. En una tempestuosa reunión tenida con los máximos responsables de la Organización a finales de enero, Pellicer exigió que la decisión fuera tomada en asamblea, para lo cual solicitaba el relevo de la Columna. Se salió con la suya: el 13 de marzo la Columna de Hierro, sustituida por otras fuerzas confederales, bajaba a Valencia y aceptaba en magna asamblea convertirse en brigada del Ejército Popular. Esa decisión forzada y fatídica fue acordada con cuarenta y dos presos en las Torres de Quart por los sucesos de Vinalesa, algunos de la Columna, como Pedro Pellicer, su hermano, responsable del cuartel de Las Salesas. Sin embargo sería injusto decir que José Pellicer simplemente pasó sin transición del antimilitarismo a los galones, como por ejemplo sugiere Mera en sus memorias. La Organización no le dejó otra opción, pero en el seno de la misma FAI, Pellicer, como miembro del grupo “Nosotros”, pugnó por la conducta orgánica más acorde con las ideas de liberación y no aceptó las alianzas con los otros sectores autodenominados antifascistas sino transitoriamente, por imperativos de guerra. Con fondos de la Columna, sus compañeros fundaron primero un semanario, “Nosotros”, y después, el diario vespertino del mismo nombre, dotando a los grupos anarquistas valencianos de un vocero independiente. “Nosotros” rechazó la línea única en la reunión de prensa confederal y libertaria de Barcelona, reclamó la libertad de los presos revolucionarios y no se atuvo a las directivas oficiales mientras fue influido por el grupo de Pellicer. A pesar de las dificultades económicas y de la guerra que le declaró la censura republicana, “Nosotros” fue el portavoz del mejor espíritu revolucionario anarquista, al menos hasta que la FAI se transformó en partido político y el Comité Peninsular lo escogió como órgano. El grupo “Nosotros” fue de los pocos que no aceptó la reestructuración política, ni quiso sostener un diario gubernamentalista, siendo “desfederado” en un Pleno. Los revolucionarios fueron sustituidos por burócratas, y los que no se refugiaron en sus sindicatos lo hicieron en sus unidades militarizadas, esperando tiempos propicios. Pero los buenos tiempos de la revolución jamás volvieron. Pellicer fue nombrado comandante, y con ese grado pasó a dirigir la nueva brigada mixta 83, la antigua Columna de Hierro. Ésta entro en combate a finales de junio, en el mismo frente de Teruel. Pellicer fue herido en Albarracín, y mientras se curaba en la retaguardia, en noviembre, los comunistas forzaron su detención mediante agentes del SIM. Fue llevado a la checa de Valmajor de Barcelona; después, al barco prisión Uruguay, y luego, al castillo de Montjuic. No se atrevieron a asesinarle como hicieron con Andrés Nin y tras nueve meses “desaparecido” consiguió salir de la cárcel Modelo de Barcelona. En octubre de 1938 fue reintegrado en el Ejército Popular al frente de la brigada 129, pero los comunistas lograron relegarle al mando de un batallón. La partición de la España republicana tras la contraofensiva nacional de Teruel le pilló en Cataluña, pero al caer ésta pasó a la zona centro, buscando a sus hermanos. No quiso salvarse sólo. En los últimos días de la guerra, en Valencia, repartió mil dólares que quedaban en la caja de los sindicatos entre los obreros presentes para preparar su salida del país, sin guardar para sí ni un céntimo. Ya en Alicante, se preocupará, como siempre, de poner a salvo a los demás, aun a costa de su persona. Habiendo tanta gente por escapar del fascismo, renunció a ser de los privilegiados en embarcarse. Cuando encontró a sus hermanos, ya era demasiado tarde. Detenido por los italianos, fue delatado y salvajemente golpeado por los vencedores en las mazmorras del castillo de Santa Bárbara. En su traslado a Valencia sufrió varios simulacros de fusilamiento. Durante tres años fue llevado de una prisión a otra. No tuvieron bastante con las torturas y, ya que no pudieron destruir su entereza con palizas y humillaciones, lo intentaron con la más pérfida de las maniobras: trataron de corromperle a cambio de perdonarle la vida. Un agente del ministro Serrano Suñer le propuso formar células anticomunistas en el norte de África y en Alemania. No sabían sus verdugos que alguien como Pellicer no se vendía, que no había nada en el mundo con qué comprar su honor. Antes que renunciar a sus convicciones prefería morir. Le atribuyeron muertes a las que era ajeno, pues jamás había disparado un tiro fuera del frente, y le condenaron a la máxima pena. El delito de haber pertenecido a la gloriosa Columna de Hierro era imperdonable. Pellicer se enfrentó a la parca con serenidad. Había vivido conforme a unos ideales y moría de acuerdo con ellos. Fue fusilado en el campo de tiro Paterna, junto a su hermano Pedro, compañero de lucha, el 8 de junio de 1942. Saber que su hermano perecía con él le hizo más doloroso el final pero no le restó coraje. No podía aunque quisiera porque su corazón estaba lleno de amor por los que se quedaban: por su compañera, por su hija, por su hermano pequeño... Eso le confortó en los momentos fatales. Se despidió de los suyos con una impresionante carta y marchó entero a encontrarse con su trágico destino. Sorprendentemente, la descarga de fusilería no le alcanzó de lleno y Pellicer se quedó de pie, mirando a sus ejecutores. El oficial que mandaba el pelotón le mató de cara, de un disparo en la frente. Pedro, agonizante en el suelo, fue rematado de un tiro en la sien. Aunque hoy tenga tan poco sentido el valor, quizás porque no tenga precio, que quien sienta vibrar en su interior la llama de la rebeldía intente comprender que ese día murieron dos valientes. De esos a quienes los antiguos griegos llamaban virtuosos, porque “durante toda la vida avanzaron por impecable sendero”, brotándoles de dentro “el sudor de un ánimo esforzado” y llegando “a la cumbre del valor”. Sus ejecutores no lograrían matar al símbolo, puesto que los hermanos Pellicer simbolízan el lado invencible de la revolución --la conciencia insobornable y el anhelo de libertad--, pero ningún poeta ha cantado sus hazañas o su calvario, tan cierto es que la poesía renunció a su misión liberadora al postrarse ante la pistola de Líster. Tendríamos que recurrir para el epitafio a las cadencias de Simónides de Ceos, el poeta de los héroes trágicos: “El humo es vano y el oro no se mancha. Es en todo la verdad vencedora Mas a pocos les dio un dios la virtud hasta el fin. Que no es fácil ser digno.” Tampoco su vida heroica interesa a los historiadores, que ignoran la revolución social y se limitan a arreglar las apariencias para restar legitimidad al franquismo y poco más. Menos interés si cabe mostrarán los herederos del anarquismo de Estado, la estirpe degradada de aquellos traidores de antaño, de aquellos adalides de la colaboración de clases, para quienes el pasado es algo brumoso cuyas verdades han de ser explicadas a los legos desde el templo de la ortodoxia circunstancialista y del santoral orgánico. Pero para los revolucionarios, o simplemente, para los partidarios de la verdad, para aquellos que no ven en la ideología anarquista algo pintoresco e inofensivo con que entretenerse, mantener en el olvido la memoria de José Pellicer es más que un crimen; es la peor ofensa que se puede cometer contra los ideales por los que luchó y murió. Nadie puede considerarse, en Valencia sobre todo, anarquista, y por ende, revolucionario, sin tener presente el ejemplo del mejor de todos los anarquistas y del mayor de todos los revolucionarios. La memoria es de lo único que no pueden prescindir los idearios derrotados. Es lo único que puede guiar en el presente a quienes los profesan. Por lo tanto, en lo que concierne al patrimonio humano de la revolución española, ignorada por la mayoría, combatida por todas las fuerzas del orden burgués, abandonada por el proletariado europeo y traicionada por unos cuantos que debieron defenderla, la biografía de José Pellicer es la asignatura pendiente. Miguel Amorós, 8 de junio de 2004. <<< volver noticias |
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