|
|
::
Los Indeseables. Gli Indesiderabili.
[Libelo anónimo]
Son cada vez más los indeseables en el mundo. Demasiadas mujeres
y hombres para los que esta sociedad no ha previsto ningún rol,
mas que el de reventar para hacer funcionar todos los demás. Muertos
para el mundo o para si mismos: la sociedad no les desea más que
así.
Sin trabajo, sirven para empujar a quien lo tiene a cualquier humillación
para mantenérselo seguro. Aislados, son útiles para hacer
creer a quienes se pretenden ciudadanos, que pueden tener una verdadera
vida en común (entre el papeleo y las vallas publicitarias). Inmigrantes,
sirven para alimentar la ilusión de tener raíces a quien,
proletario sin siquiera más que la prole, está desesperado
por sus propios hijos, solo con su nada en la oficina, el metro o delante
de la televisión. Clandestinos, sirven para recordar que la sumisión
del trabajo asalariado no es lo peor - existen también los trabajos
forzados y el miedo ante cada rutinario control policial. Expulsados,
sirven para chantajear a todos los refugiados económicos del genocidio
capitalista, con el miedo del viaje hacia una miseria sin retorno. Presos,
sirven para amenazar con la extrema razón del castigo, a quien
no encuentra razones para continuar resignándose. Extraditados,
en tanto que enemigos del Estado, sirven para hacer entender que en la
Internacional del dominio y de la explotación no hay espacio para
el mal ejemplo de la revuelta.
Pobres, aislados, extranjeros en cualquier lado, presos, ilegales, bandidos:
las condiciones de estos indeseables son cada vez más comunes.
Común puede entonces hacerse la lucha, sobre la base del rechazo
de una vida cada día más precarizada y artificial. Ciudadanos
o extranjeros, inocentes o culpables, clandestinos o regularizados: las
distinciones de los códigos estatales no nos pertenecen, ¿porque
debería la solidaridad aceptar estas fronteras sociales, cuando
l@s pobres son empujados continuamente de una a otra?
Nosotros no somos solidarios con la miseria, si no con el vigor con que
mujeres y hombres no la soportan más.
EL SUEÑO DE UN PERGAMINO
BAJO EL CAUCE POR EL QUE FLUYE LA HISTORIA, un sueño parece haber
resistido al desgaste del tiempo y al implacable proseguir de las generaciones.
Mirad el envejecido pergamino de este código renacentista, mirad
sobre la página estas xilografías que nos devuelven a la
juventud de un milenio apenas espirado. Veréis a los asnos cabalgar
y sofocarse alegremente en la comida a los hambrientos de siempre, veréis
las coronas pisoteadas, veréis el fin del mundo o mejor todavía,
el mundo al revés. Aquí está pues, ese sueño,
aquí está al desnudo lo que se cuenta en una incisión
de hace quinientos años: matar el mundo para poderlo aferrar, robárselo
a Dios para hacerlo nuestro y plasmado finalmente con nuestras propias
manos. Las épocas, más tarde, han ido prestándoles
un hábito siempre a la moda. Se ha vestido de campesino durante
las insurrecciones medievales y de blouson noir en el Mayo francés,
de minero asturiano en la revolución del 34 y de tejedores ingleses
en los tiempos en que los primeros telares industriales eran destruidos
con rabiosos golpes de maza. Las ganas de derrumbar el mundo han aflorado
cada vez que los explotados han sabido percibir los hilos que les ligan
entre sí, hilos que en cada época han sido rotos y reanudados
por diferentes formas de explotación. Son estas formas, de hecho,
las que de cualquier manera "organizan" a los explotados: concentrándoles
bien en las fábricas o en los barrios, en los guetos metropolitanos
o frente a las oficinas del Inem, imponiéndoles condiciones de
vida símiles y similares problemas que afrontar cada día.
Parémonos un momento a desenterrar el fondo de nuestras memorias
y pasemos lista a las historias de nuestros padres. La fábrica
en la niebla o el sudor en los campos quemados por el sol, el tormento
de una ocupación colonial que te roba los frutos de la tierra o
el ritmo cada vez más frenético de una prensa que, en cualquier
Estado "comunista", promete para un mañana que no llega
nunca liberarnos de la explotación. En cada una de estas imágenes
de nuestro pasado podemos asociar las diferentes maneras de estar junto
a los explotados y por tanto, las bases concretas de esas luchas que han
querido derrumbar el mundo y suprimir la explotación.
Hoy que, incluso hijos de memorias y revueltas tan diferentes, nos encontramos
hombro con hombro, ¿cuál es el hilo que nos une?; y mientras
tanto, ¿qué nos ha traído hasta aquí desde
el Magreb o desde el Este, desde Asia o desde el corazón de África?
¿Por qué incluso quien ha pisado siempre esta misma tierra
no la reconoce ahora y la encuentra tan diferente de aquella de la memoria?.
Un planeta irreconocible.
Si leemos con atención la historia de estos últimos treinta
años podemos individuar una línea de desarrollo, una serie
de modificaciones que han perturbado el planeta. Esta nueva situación
viene llamada comúnmente "globalización de la economía".
No se trata de datos definitivamente adquiridos, sino de cambios que todavía
están en curso - con ritmos y peculiaridades diversas para cada
pueblo particular - y que nos dejan el espacio para aventurar cualquier
previsión. Pero evitemos inmediatamente un lugar común sobre
la "globalización". La tendencia del capital a buscar
su escala planetaria mercantil por conquistar y mano de obra a bajo coste,
siempre ha estado presente, ciertamente esto no es una novedad. Han cambiado
los instrumentos para hacerlo: gracias al desarrollo de la tecnología,
el capital puede realizar esta tendencia con ritmos y consecuencias inimaginables
hasta hace algunos años. No existe, por tanto, un punto de fractura
entre el viejo capitalismo y el actual, ni ha existido jamás un
capitalismo "bueno" que se desarrolla predominantemente sobre
bases nacionales y al cuál se necesitaría retornar - como
dan a entender, por el contrario, tantos adversarios del neoliberalismo
-. Desde 1973, fecha que marca convencionalmente el inicio del "ciclo
de la informática" hasta hoy, el capital en nada ha cambiado
su naturaleza, no se ha vuelto más "malo". Simplemente
tiene más armas y tanto más potentes como para dejar irreconocible
el planeta. Por comodidad de análisis, podemos probar a leer este
proceso a través de los cambios que han sufrido tres diferentes
áreas geográficas: los países excoloniales, aquellos
apenas salidos de regímenes supuestamente comunistas y los occidentales.
Los hijos no deseados del Capital.
Como es sabido, la independencia de las antiguas colonias no ha resuelto
en absoluto las relaciones con los propios colonizadores; en la mayor
parte de los casos, por el contrario, simplemente las ha modernizado,
aunque después de atormentados sobresaltos. Si la antigua explotación
colonial miraba sobretodo al acaparamiento de materias primas a bajo coste
que venían después manufacturadas en occidente, a partir
de entonces, fases enteras de la producción industrial han sido
implantadas en los países más pobres, aprovechando el bajísimo
coste de mano de obra; tan bajos como para cubrir los gastos de transporte
de las materias primas, maquinarias, productos elaborados y los costes
de financiamiento a los regímenes locales, garantes del orden público
y de la regularidad de la producción. Durante largos años
los capitales occidentales han invadido estos países, modificando
profundamente el tejido social. Las antiguas estructuras agrícolas
han sido destruidas para dejar espacio a la industrialización,
los vínculos comunitarios reducidos, las mujeres proletarizadas.
Una inmensa cantidad de mano de obra arrancada de la tierra se ha reencontrado
- justo como en la Europa del siglo pasado - vagando en los suburbios
a la búsqueda de un trabajo. Esta situación encontraba una
cierta aunque tremenda estabilidad, hasta que las industrias manufactureras
implantadas por los occidentales han podido absorber una parte consistente
de esta mano de obra. Pero en un momento dado, una a una estas industrias
han comenzado a cerrar. Allí arriba en el norte algo había
cambiado: la fuerza de trabajo occidental era de nuevo concurrencial con
aquella del sur del mundo. Muchas industrias han cerrado pero han quedado
estos nuevos proletarios, tantos e inútiles.
Al Este, la situación no es mejor, los regímenes supuestamente
comunistas han dejado tras de sí el desierto, el aparato productivo
- enorme y obsoleto - ha quedado en herencia a los viejos burócratas
locales y al capital occidental. Así, los hijos y los nietos de
aquellos explotados que, aparte de la esclavitud semanal del trabajo asalariado,
han tenido que sufrir también la retórica dominical de las
«cocineras al poder» y del internacionalismo proletario, se
han encontrado parados de nuevo: cada reestructuración industrial,
lo sabíamos, requiere despidos. Como ya había sucedido con
las ex-colonias, cada país occidental se ha repartido las zonas
de influencia económica y política en los países
del difunto Pacto de Varsovia y ha transferido allí, aquella parte
de la propia producción a más alto consumo de mano de obra.
Pero la gran cantidad de explotados convertidos en inútiles para
los explotadores, es una gota en el mar que permanece enorme. Tanto en
el Este como en el Sur, el chantaje de la deuda externa ejercido por el
Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, ha acelerado de manera
decisiva estos procesos.
Así es que desde el Sur hasta el Este, comienza la larga marcha
de estos hijos no deseados del capital, de estos indeseables. Pero a quien
se quede en casa no le espera una suerte mejor. Para aquellos que eligen
la vía de la emigración les esperan nuevas y siempre más
sangrientas guerras tras la esquina, porque las turbulencias sociales
provocadas por tan grandes e imprevistos cambios, a menudo vienen enmarcadas
en los discursos étnicos y religiosos; para los que se quedan,
la única certeza es la miseria y el desposeimiento. Toda añoranza
es vana.
Hasta
anteayer.
Mientras tanto, ¿qué ha sucedido en occidente? Aunque menos
brutal, el cambio ha sido paralelo al del resto del mundo. Las grandes
plantas industriales que empleaban a una parte considerable de los explotados
y que durante muchísimos años han determinado la fisonomía
de las ciudades - y por tanto la mentalidad, el modo de vivir y de rebelarse
de los mismos explotados - han desaparecido. En parte, porque han sido
transferidas - como hemos visto - a los países más pobres
y en parte, porque ha sido posible despedazar las y redistribuirlas por
el territorio. A través del desarrollo de la tecnología,
los procesos productivos no sólo han sido progresivamente automatizados,
sino que también, se han vuelto más flexibles y adaptados
al intrínseco caos del mercado. En otro tiempo, el capital necesitaba
obreros depositarios de los conocimientos y las manualidades necesarias
para conducir, mas o menos autónomamente, un segmento del proceso
productivo; y por tanto también de los obreros que permanecían
toda la vida en la misma fabrica, haciendo las mismas cosas. Ahora ya
no. Los conocimientos requeridos son cada vez más bajos e intercambiables,
no hay una acumulación de saber, cualquier trabajo es igual a otro.
El viejo mito del "puesto fijo" ha sido suplantado por la ideología
de la flexibilidad, es decir, de la precariedad y de la erosión
de las viejas garantías: es necesario saberse adaptar a todo, también
a los contratos semanales, a la economía clandestina o a la expulsión
definitiva del contexto productivo. Estos cambios son comunes a todo Occidente,
pero en algunas zonas han sido tan veloces y radicales que el coste global
del trabajo se ha vuelto compatible con el del Sur y el Este del mundo.
Así es como se han determinado, tanto ese retorno de los capitales
que habían desestabilizado las economías de los países
más pobres, dando paso a las guerras y a las migraciones en masa,
como la degradación de las condiciones materia- les de vida de
los explotados occidentales.
Las revueltas por venir.
Está claro que el cambio en Occidente, aunque violento,
es amortiguado en parte por lo que queda del viejo Estado "social"
y sobre todo, por el hecho de que gran cantidad de precarizados occidentales
son hijos de los viejos proletarios y por tanto gozan indirectamente,
a través de las familias, de las viejas garantías. Bastará
dejar pasar sin embargo, una generación y la precariedad se transformara
en la condición social más difusa. Por ello nosotros, hijos
del viejo mundo industrial, seremos económicamente cada vez más
inútiles, unidos de hecho a la multitud de indeseables que desembarcan
en nuestras costas. Con el transcurso de los años y la estabilización
de esta situación, perderán significado todos esos movimientos
que intentan dar sostén desde el exterior a una parte circunscrita
de marginados - clandestinos, parados, precarios, etc. - porque las condiciones
de explotación serán símiles para todos, abriendo
las puertas de par en par hacia luchas realmente comunes. He aquí
finalmente al descubierto el hilo que a todos nos une, explotados de miles
de países, herederos de tan diferentes historias: el capital mismo
ha reunificado en la miseria a las familias perdidas de la especie humana.
La vida que se nos diseña en el horizonte será vivida comúnmente
bajo el marco de la precariedad. Estas son las modernas bases sociales
para los antiguos sueños de libertad, cuidadosamente preparadas
por el progreso de la explotación, he aquí el lugar de las
próximas revueltas.
ANTES DE UNA NUEVA MURALLA CHINA.
Las perturbaciones sociales que han vuelto irreconocible el planeta nos
evidencian una constante: el capital sigue un doble movimiento. Por un
lado, desmembra todo un tejido social que opone resistencia a su expansión;
por otro lado, reconstruye las relaciones entre los individuos según
sus exigencias. Toda transformación económica se acompaña
siempre de una transformación social, pues la manera en la que
mujeres y hombres son explotados modifica su forma de estar juntos y por
lo tanto de rebelarse. En este sentido, el provecho y el control social
representan dos finalidades de un único proyecto de dominación.
Después de haber destruido las comunidades tradicionales y sus
formas de solidaridad, el capital ha comenzado a desmantelar la unidad
social que él mismo había creado a través de la industrialización
de masas. Y esto, no solamente para desviar la resistencia obrera que
la infraestructura de la fábrica “organizaba” involuntariamente,
sino también porque los capitalistas vivían como una contradicción
la necesidad de recurrir al proceso productivo para hacer dinero. La servidumbre
de la ciencia respecto del capital y las transformaciones tecnológicas
consecuentes, han permitido una nueva expansión económica
y social. La valorización -la transformación de la vida
en mercancía- abolió para siempre las barreras del tiempo
y del espacio con el fin de liberarse de toda base material fija. En este
sentido, la realidad virtual (el llamado ciberespacio, la red cibernética
mundial) representa su condición ideal. Una vez más se trata
de un doble movimiento: si la valorización anula las relaciones
hostiles a la circulación del saber-capital y los hombres-recursos,
reconstruye por otra parte y al mismo tiempo, las relaciones sociales
bajo el signo de lo virtual (a través de los simulacros de relación
humana y de los narcóticos electrónicos).
Todo esto presupone un proceso de formación de un “hombre nuevo”
capaz de adaptarse a condiciones de vida cada vez más artificiales.
En el momento en que la economía se extiende a todas las relaciones
sociales, incorporando todo el proceso vital de la especie humana, su
última utopía no puede ser sino la pura circulación
de valor que se valoriza: dinero que produce dinero. Paralelamente, después
de su expansión por todo el espacio social, la última frontera
del capital, su último territorio de conquista no puede ser sino
su enemigo por excelencia: el cuerpo humano; he aquí la razón
del desarrollo de las biotecnologías y de la ingeniería
genética. Sin entrar en aspectos particulares de esta guerra contra
lo vivo, es importante subrayar el rol fundamental de la tecnología.
Por tecnología no entendemos en modo genérico el “discurso
racional sobre la técnica”, ni tampoco ninguna prótesis
de las capacidades humanas; recorriendo la propia historia del uso de
este concepto, nos parece más correcto definirlo como la aplicación
de la técnica avanzada a la producción industrial masiva,
en el momento en que la investigación científica se fusiona
con el aparato militar (los años cuarenta). Se trata de aquel proceso
que, partiendo de la industria nuclear y aeronáutica, pasando por
los materiales plásticos, la antibiótica y la genética,
desembocó en la electrónica, en la informática y
en la cibernética. La aplicación industrial de las técnicas
más modernas avanza a la par que los conocimientos especializados
- en biología molecular, en química, en física, etcétera
- y que la ideología del progreso, que es la justificación
de todo ello. Este proceso, que comienza durante la segunda guerra mundial,
es inseparable del conflicto de poder entre los Estados, los verdaderos
organizadores de la sociedad industrial. El desarrollo de un saber y de
una técnica siempre más incontrolables levanta un muro cada
vez más alto entre el productor y el objeto que éste fabrica,
entre la máquina y su capacidad de controlarla. Esta situación
le desposee al mismo tiempo, de toda autonomía material y de la
consciencia de una posible expropiación (arrancarles de las manos
a los amos los instrumentos técnicos y productivos para un uso
libre y compartido). En esta doble desposesión y no en la “iniquidad
neoliberal” se encuentra la fuente de nuestras vidas precarizadas y artificiales.
Si el capital se ha difundido por todo el territorio; si la expropiación
de las técnicas especializadas es imposible (puesto que son inutilizables
desde el punto de vista revolucionario, o simplemente humano); si ya no
existe centro productivo (la Fábrica) al cual oponer una organización
central (partidos o sindicatos) con su pretendido sujeto histórico,
entonces no queda sino el arma proletaria por excelencia: el sabotaje;
queda solamente el ataque anónimo y generalizado contra las estructuras
de la producción, del control y de la represión. Sólo
así será posible oponerse al doble movimiento del capital,
obstaculizando la atomización brutal de los individuos e impidiendo
al mismo tiempo, la construcción del “hombre nuevo” de la cibernética,
antes de que los muros sociales que deberían hospedarlo estén
completamente terminados.
UNA HIDRA DE DOS CABEZAS.
Entre los demócratas radicales y el “pueblo de la izquierda”, son
muchos ahora ya en atribuir al Estado un rol puramente decorativo en las
decisiones tomadas sobre nuestra piel. Se define, en suma, una jerarquía
mundial cuyo vértice es representado por las grandes potencias
financieras y las multinacionales y en su base, cada uno de los Estados
nacionales convertidos en ayudante, en meros ejecutores de inapelables
decisiones. Esto conduce a una ilusión que está teniendo
las peores consecuencias. Son muchos en efecto, los que tratan de imponer
a las luchas, que se desarrollan en todo el planeta contra aspectos concretos
de la “globalización”, un giro reformista y de algún modo
nostálgico: la defensa del “buen” viejo capitalismo nacional y
paralelamente, la defensa del viejo modelo de intervención del
Estado en la economía. Ninguno observa, sin embargo, que la teoría
ultra-liberal tan a la moda en estos tiempos y aquella keynesiana, de
moda hasta hace algunos años, proponen simplemente dos formas distintas
de organizar la explotación, pero sin ponerla nunca en discusión.
Cierto, no se puede negar que en el actual estado de cosas toda nuestra
vida venga determinada en función de necesidades económicas
“globales”, pero esto no significa que la política haya perdido
su nocividad. Pensar en el Estado como en una entidad ahora ya ficticia,
o exclusivamente como en un regulador de la explotación y de los
conflictos sociales, es cuando menos limitante. El Estado es un capitalista
entre los capitalistas y entre estos, cumple las funciones vitales para
todos los otros. Su burocracia, sin embargo, ligada pero no subordinada
a los cuadros de empresa, tiende sobretodo a reproducir el propio poder.
El estado prepara el terreno al capital, desarrollándose a sí
mismo simultáneamente. Son las estructuras estatales las que permiten
el progresivo abatimiento de las barreras del tiempo y el espacio, - condición
esencial de la nueva forma de dominio capitalista - poniendo a su disposición,
territorios, fondos de inversión e investigación. La posibilidad
de transportar cada vez más rápidamente las mercancías,
por ejemplo, viene dada por el desarrollo de las redes de carreteras,
de la alta velocidad ferroviaria, del sistema de puertos y de aeropuertos:
sin estas estructuras que son organizadas por los Estados, la “globalización”,
no sería siquiera pensable. Del mismo modo, las redes informáticas
no son otra cosa que un nuevo uso de los viejos cables telefónicos:
cada innovación en el sector (comunicaciones vía satélite,
fibra óptica, etc.), es protegida por la estructura estatal. Por
tanto, así es como se satisface también la otra necesidad
básica de la economía mundializada, la posibilidad de hacer
viajar datos y capitales en pocos instantes. También desde el punto
de vista de la búsqueda, de la continua modernización de
las tecnologías, los estados tienen un rol central. Desde la nuclear
a la cibernética, desde el estudio de los nuevos materiales a la
ingeniería genética, desde la electrónica hasta las
telecomunicaciones, el desarrollo de la potencia técnica está
ligado a la fusión del aparato industrial y científico con
el militar.
Como es sabido, el capital tiene necesidad de reestructurarse de vez en
cuando, o sea de cambiar instalaciones, ritmos, calificaciones y por lo
tanto, también las relaciones entre los trabajadores. A menudo
estos cambios son tan radicales (despidos en masa, ritmos infernales,
drásticas reducciones de garantías...) como para poner en
crisis la estabilidad social y requerir, obligatoriamente, intervención
de tipo político. A veces las tensiones sociales son tan fuertes,
la policía sindical tan impotente y las reestructuraciones tan
imperiosas, como para no sugerir a los Estados otra posibilidad que la
guerra. A través de la guerra, no solo se dirige la rabia hacia
enemigos ficticios (“diferentes” por etnia o religión, por ejemplo),
sino que además se logra revitalizar la economía: la militarización
del trabajo, las partidas de armas y la bajada de los salarios hacen rentar
al máximo los restos del viejo sistema industrial, mientras las
destrucciones generalizadas hacen sitio a un aparato productivo moderno
y a nuevas inversiones extranjeras. Para los indeseables -tantos explotados
inquietos- se agudiza la intervención social del Estado: la exterminación.
Una de las características de nuestro tiempo, es el ascendente
flujo masivo de migración hacia las metrópolis occidentales.
Las políticas de inmigración -en cada uno de sus extremos,
alternándose legitimaciones y cierres de fronteras- no son determinadas
por un presunto buen corazón de los gobernantes, sino desde la
tentativa de gestionar una situación cada vez más indigerible
y al mismo tiempo, sacarle provecho. Por un lado, no es posible cerrar
herméticamente las fronteras y por otro, un pequeño porcentaje
de emigrantes es útil -especialmente clandestinos, luego más
expuestos al chantaje - porque representa un buen depósito de mano
de obra a bajo coste. Pero la clandestinidad de masas crea turbulencias
sociales que son difícilmente controlables. Los gobiernos deben
navegar entre estos datos y necesidades, de ello depende el buen funcionamiento
de la máquina económica.
Así como el mercado mundial unifica las condiciones de explotación
sin eliminar la concurrencia entre capitalistas, del mismo modo existe
una potencia pluriestatal que todavía no cancela la competitividad
entre cada uno de los gobiernos. Los acuerdos económicos y financieros,
las leyes sobre flexibilidad laboral, el rol de los sindicatos, la coordinación
de ejércitos y policías, la gestión ecológica
de la contaminación o la represión de la disidencia, viene
definido, todo ello, a nivel internacional (aunque la puesta en práctica
de estas decisiones compete aún a cada gobierno). El cuerpo de
esta Hidra son las estructuras tecnoburocráticas. Las exigencias
del mercado, no sólo se han fusionado con las del control social,
sino que utilizan además las mismas redes. Por ejemplo el sistema
bancario, el de aseguración, el sanitario y el policial se intercambian
continuamente sus propios datos. La omnipresencia de tejidos magnéticos
representa un fichero generalizado de los gustos, compras, desplazamientos,
hábitos. Todo ello bajo los ojos de las cada vez más difundidas
telecámaras y por medio de teléfonos celulares que aseguran
la versión virtual y también, el mismo archivo de una comunicación
humana que no existe.
Más o menos Neoliberal, la intervención del Estado tanto
en el territorio como nuestras propias vidas es cada vez más profunda
y no puede ser separada de las estructuras de producción, distribución
y reproducción del capital. La presunta jerarquía de poder
entre las multinacionales y los Estados no existe, porque son a un mismo
tiempo parte de aquel único cuerpo inorgánico que está
llevando la guerra, a la autonomía de la humanidad y a la vida
de la Tierra.
FRATERNIDAD EN LA ABYECCIÓN.
En 1984 de George Orwell, libro que no hace sino confirmar un siglo de
totalitarismo, se encuentra la descripción de dos culturas completamente
separadas en el interior de la sociedad: la de los funcionarios del Partido
y la de los proletarios (como son definidos los excluidos de la ciudadela
burocrático-socialista y de su ideología). Los funcionarios
tienen palabras, gestos, valores e incluso una consciencia totalmente
diferente de la de los proletarios. Entre unos y otros ninguna comunicación
es posible. Los proletarios no se revuelven contra el Partido simplemente
porque ignoran su naturaleza así como su localización concreta:
no se puede combatir algo que no se comprende y que se ignora. Los funcionarios
olvidan sistemáticamente -una amnesia selectiva que Orwell llama
“doble pensamiento”- las mentiras sobre las cuales fundan su adhesión
a la dominación sobre el tiempo y sobre los hombres. La especialización
de la actividad (es decir, su parcialización y su repetición
incesante) está enteramente al servicio de los dogmas del Partido,
el cuál se presenta como ciencia infalible de la totalidad histórica
y social. Es por ello que existe necesidad de un control absoluto del
pasado, con el fin de gobernar el futuro.
Si se cambian algunos nombres se verá que esta separación
de clase, basada sobre una separación culturalmente clara, representa
precisamente la tendencia de la sociedad en la que vivimos. Los funcionarios
del Partido son hoy los tecnoburócratas de la máquina económico-administrativa,
en la cual se funda el aparato industrial, la investigación científica
y tecnológica, el poder político, mediático y militar.
Los proletarios orwellianos son los explotados librados -por el capital-
de esas funestas ilusiones que fueron todos los programas de clase; precarizados
en el trabajo como en todo lo demás, están desposeídos
de lo que es cada vez más necesario para el funcionamiento de la
máquina social: el saber tecnológico. Así es como
se ven abocados a una nueva miseria, la de quien no desea más que
una riqueza que ni siquiera comprende. La separación tecnológica:
he aquí la nueva muralla china que los explotadores están
construyendo en nombre de la lucha contra el Enemigo -cuando sin embargo,
éste es el capataz de la obra-.
La ciudadela del Partido es hoy la de las tecnologías informáticas,
su Ministerio de la Verdad son los mass-media; sus dogmas tienen todos
el dulce sonido de la incertidumbre. De las multinacionales al sistema
bancario, de las nucleares a los ejércitos, dos son las bases de
la tecnoburocracia: la energía y la información. Quien las
controla, controla el tiempo y el espacio.
Fuera de la masa de técnicos-obreros sin calificación, los
poseedores del saber altamente especializado son cada vez menos numerosos;
sin embargo, somos todos portadores de las consecuencias de este saber
-en primer lugar, del empobrecimiento de las palabras y de las ideas-.
Hacernos sentir responsables del desastre que ellos producen cotidianamente,
es justamente la intención de los tecnoburócratas y de sus
periodistas: el nosotros que nos dirigen sin cesar es la fraternidad en
la abyección. Nos invitan a discutir de todos los falsos problemas,
nos conceden el derecho de expresarnos después de habernos sustraído
la facultad de hacerlo. Es por lo que toda ideología de la participación
democrática (combatir la “exclusión” es el programa de izquierda
del capital) no es sino complicidad en el desastre. Justo como en 1984,
los proletarios actuales tienen un saber, una memoria y un lenguaje separados
de los del partido; y no es sino sobre la base de esta separación,
que tienen del derecho y el deber de participar. La diferencia es que
para Orwell sólo los no funcionarios tienen acceso a un pasado
-lugares, objetos, canciones, etc.- que no está totalmente borrado;
y esto porque todavía mantienen lazos sociales, aunque sea a la
sombra de las bombas. ¿Pero qué queda de esos vínculos
cuando el Partido (es decir, el sistema estatal-capitalista) se apropia
completamente de la vida social?. He aquí porqué en estas
páginas sobre los indeseables se habla también de tecnología;
una crítica del progreso tecnológico que abandona el discurso
de clase, nos parece tan parcial como una crítica de la precariedad
que no se enfrenta en los nuevos territorios de la desposesión
técnico-científica.
La división en dos mundos que están construyendo podría
quitar todo sentido a la revuelta: ¿cómo desear otra vida
cuando toda huella de vida auténtica haya desaparecido?.
Este
texto apareció publicado el verano del 2000 por Muturreko Burutazioak,
Sans Patrie y Pantagruel.
<<<
volver
textos
|
 |
|