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:: Destruyamos
el trabajo.
[A.M.Bonano]
El trabajo es el argumento
que se repite en todos los periódicos, conferencias, debates políticos
e incluso en artículos y panfletos escritos por compañeros.
Las grandes preguntas
que se plantean son: ¿cómo hacer frente a la desocupación
creciente? ¿cómo volver a dar un sentido a la profesionalidad
laboral penalizada por la actual reestructuración capitalista?
¿cómo hallar caminos alternativos al trabajo tradicional?
¿es posible el reparto del trabajo?. La sociedad postindustrial
ha resuelto el problema de la desocupación, al menos dentro de
ciertos límites, dislocando la fuerza laboral hacia sectores más
flexibles, fácilmente maniobrables y controlables. Ahora, en la
realidad de los hechos, la amenaza social de la desocupación creciente
es más teórica que práctica y es utilizada como arma
política para disuadir a amplias capas de población de intentar
direcciones organizativas que pongan en discusión las actuales
directrices económicas. En la actualidad, siendo el trabajo mucho
más controlable, precisamente en su forma cualificada, pegada al
puesto de trabajo, se insiste sobre la necesidad de dar trabajo a la gente,
por eso de reducir la desocupación. No porque ésta constituya
un peligro en sí, sino más bien al contrario, porque el
peligro podría venir de la misma experiencia de flexibilidad ahora
ya hecha indispensable en las organizaciones productivas. El haber sustraído
una identidad social que precisa el trabajador lleva a posibles consecuencias
disgregativas que hacen más difícil el control. Del mismo
modo, los intereses de formación profesional en su conjunto no
permiten una formación de alto nivel, al menos no para la mayoría
de los trabajadores. Se ha sustituido pues la pasada petición de
profesionalidad por la actual de flexibilidad, es decir, de adaptabilidad
a tareas laborales en constante modificación, a pesar de una empresa
a otra; en suma, a una vida cambiante en función de las necesidades
de los patronos. Desde la escuela se programa ahora esta adaptabilidad,
evitando suministrar los elementos culturales de carácter institucional
que una vez constituían el bagaje técnico mínimo
sobre el cual el mundo del trabajo construía la profesionalidad.
Esta ahora se reduce a unos pocos millares de personas que son preparadas
en los másters universitarios, algunas veces a expensas de las
mismas y grandes empresas que tratan así de acaparar a los sujetos
más proclives a sufrir adoctrinamiento y, como consecuencia, un
condicionamiento.
Cambio de relaciones
En el pasado el trabajador vivía en la empresa: tenía amistad
con compañeros de trabajo; en el tiempo libre hablaba de los problemas
del trabajo; frecuentaba estructuras recreativo-culturales de los trabajadores;
y cuando iba de vacaciones acababa por hacerlo junto a la familia de otros
compañeros de trabajo. Para completar el cuadro, especialmente
en las grandes empresas, diferentes iniciativas sociales ligaban a las
distintas familias con pasatiempos y excursiones; los hijos iban a escuelas
asistidas financieramente por la misma empresa y cuando se jubilaba uno
de ellos, era sustituido por alguno de sus hijos. Se cerraba así
todo el círculo laboral que enmarcaba toda la personalidad del
trabajador, pero también la de su familia, surgiendo de este modo
una identificación total con la empresa. Pensemos, por poner un
ejemplo, las decenas de operarios de la FIAT que animaban en Turín
a la Juventus, el equipo de Agnelli. Todo este mundo ha decaído
completamente. Aunque algún residuo continúa funcionando,
ha desaparecido en su homogeneidad y en su uniformidad proyectual. En
su lugar ha entrado una relación de trabajo donde la falta de una
identidad profesional significa ausencia de una base sobre la cual el
trabajador pueda proyectar su vida. Su único interés es
ganar lo imprescindible para llegar a fin de mes o pagar el crédito
de la casa. Ya en la condición precedente, la huida del trabajo
se configuraba como una búsqueda de un modo alternativo de trabajar.
El modelo era el del rechazo a la disciplina, el sabotaje sobre la línea
de montaje, entendido como reducción de una opresiva cadencia,
la búsqueda de retazos de tiempo. Así, el tiempo libre no
institucionalizado, sino robado al atento control empresarial, estaba
cargado de valor alternativo. Se respiraba fuera de los ritmos encarcelados
de la fábrica o taller. Pero en aquellas condiciones el gusto del
tiempo encontrado se envenenaba enseguida por la imposibilidad de suministrarle
otro sentido que no fuera el mismo del ambiente laboral. Por eso, la abolición
del trabajo significaba, hasta hace algunos años, la eliminación
de fatiga, creación de un trabajo alternativo fácil y agradable,
o bien -y esto en las tesis más avanzadas y bajo ciertos aspectos
más utópicos y peregrinos- su sustitución por el
juego, pero un juego que obliga, provisto de reglas y capaz de dar al
individuo una identidad como jugador-trabajador. Es un hecho si se quiere
interesante, pero que no escapa a las reglas esenciales del trabajo entendido
en términos de organización global del control. De esto
deriva que nos sea posible ninguna abolición del trabajo en términos
de reparto progresivo del mismo, sino que se necesita proceder de manera
destructiva. Antes que nada es el mismo capital el que ha desmantelado
desde hace tiempo su formación productiva, sustrayendo al trabajador
su propia identidad. De este modo, lo ha hecho «alternativo»
sin que se haya dado cuenta de ello. Tiene libertad de palabra, vestuario,
variabilidad de tareas, un modesto compromiso intelectual pedido, la seguridad
de los procedimientos, la reducción de los tiempos de trábajo.
En definitiva, que haya necesidad de una cantidad de trabajo muy inferior
a la hoy obligatoria para percibir un salario era una reivindicación
que ayer venía ilustrada por teóricos revolucionarios, mientras
que hoy es patrimonio analítico del capitalismo post-industrial
y se discute en congresos y reuniones destinadas a reestructurar la producción.
Luchas por una reducción, pongamos de veinte horas semanales, del
horario de trabajo no tienen sentido revolucionario, en cuanto que abre
el camino a la solución de algunos problemas del capital y no el
de la posible liberación de todos. La válvula de escape
del voluntariado, sobre el que tan poco se discute mientras se trata de
un argumento que merecería toda nuestra atención, podría
suministrar una de las soluciones operativas a la reducción del
horario de trabajo, sin que surja la preocupación de cómo
las grandes masas huérfanas del control de un tercio de su jornada
pudieran emplear el tiempo encontrado de nuevo. Visto en estos términos,
el problema de la desocupación no es el de la crisis más
grave del sistema productivo actual, sino un momento constitucional a
su estructura, momento que puede ser institucionalizado a nivel oficial
y recuperado como empleo proyectual del tiempo libre, siempre por obra
de la misma formación productiva, y a través de las estructuras
creadas para este fin. Razonado de este modo, se comprende mejor el análisis
del capitalismo post-industrial como sistema homogéneo dentro del
cual el movimiento de la crisis no existe, habiendo sido transformado
en uno de los momentos del proceso productivo mismo.
Ideales «alternativos»
Otro punto a tratar es el de los ideales «alternativos» de
vida fundados sobre el arreglárselas uno mismo. Estamos hablando
de las pequeñas empresas fundadas sobre la autoproducción
en laboratorios electrónicos y en otros pequeños almacenes,
sin aire y sin luz para sobrecargarse de trabajo y demostrar que el capital
de nuevo ha tenido razón. Si quisiéramos concentrar en una
fórmula simple y breve el problema, podríamos decir que
si una vez el trabajo confería una identidad social, la del trabajador.
Esta identidad, integrada en la del ciudadano formaba el súbdito
perfecto. Por ello, la huida del trabajo era un intento concretamente
revolucionario, directo a romper el ahógo. Hoy, en el momento en
que el capital no suministra más una identidad social al trabajador,
sino que al contrario trata de utilizarlo de manera genérica y
diferenciada, sin perspectiva y sin futuro, la única respuesta
contraria al trabajo es la de destruirlo, procurando una propia proyectualidad,
un propio futuro, una propia identidad social del todo nueva y contrapuesta
a los intentos de nadificación puestos en marcha por el capitalismo
postindustrial. Aquí vuelven a la actualidad algunas reflexiones
que parecían de otro tiempo. El sabotaje, cuando se utilizaba,
era solamente un medio de intimidación pero, lo que es más
importante, golpeaba no sólo para obtener algo, sino que también
y diré principalmente, para destruir. Y el objeto de destrucción
es siempre el trabajo. Cierto que para atacar se necesita un proyecto,
una conciencia de lo que se quiere hacer. El sabotaje es un juego fascinante,
pero no puede ser el único juego que se desee jugar. Es necesario
disponer de una multitud de juegos, varios y a menudo contrastantes, con
el fin de evitar que la monotonía de uno de ellos o el conjunto
de las reglas se transforme en un ulterior trabajo aburrido y repetitivo.
El aspecto esencial de un proyecto de destrucción está ligado
a la creatividad empujada al máximo nivel posible; ¿Qué
podremos hacer con el dinero de todos los bancos que atraquemos si luego
la única cosa que sabemos hecer es comprarnos un coche, una mansión,
ir de discotecas, llenarnos de inútiles necesidades y aburrirnos
a muerte hasta el próximo atraco?. Pienso que el rechazo del trabajo
se puede identificar antes que nada con un deseo de hacer las cosas que
más placen, por eso de transformar cualitativamente el hacer en
actividad libre, esto es, en acción. Pero la condición actival
el hacer libre, no se consigue de una vez por todas. No puede nunca pertenecer
a una situación externa a nosotros y nosotras. Necesitamos profundizar
en nuestro propio proyecto creativo, sobre lo que se quiere hacer de la
propia vida y de los medios de los que se está en posesión
no trabajando. Porque ninguna suma de dinero podrá nunca liberarnos
de la necesidad de trabajar y de todas aquellas otras necesidades que
se nos crean.
A.
M. Bonnano.
Este
texto fue publicado en Ekintza
Zuzena nº 17.
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